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miércoles, 9 de agosto de 2017

Como buen burócrata Randazzo cumple el plan ante el establishment







Ni pendencieros ni burócratas


A partir de la dinámica electoral y del lanzamiento del espacio “Cumplir”, Mario de Casas analiza en este artículo las contradicciones en el seno del Movimiento Nacional, que suelen ser funcionales a los sectores conservadores, también cuestionados desde una perspectiva gramsciana que incluye a la gran prensa.


Por Mario de Casas,  Ingeniero civil. Diplomado en Economía Política, con Mención en Economía Regional, FLACSO Argentina – para La Tecl@ Eñe




La dinámica electoral y el lanzamiento del sector autodenominado “Cumplir”, ha puesto en vidriera características del proceso político argentino que si bien no le corresponden en exclusividad se dan aquí con ciertas particularidades.

Se podría definir lo burocrático como un estilo en la práctica política, con distintas aristas, una de las cuales supone actuar en la órbita de valores -o disvalores- e intereses que impone el adversario, particularmente cuando éste se ve favorecido por la relación de fuerzas. Así, por ejemplo, detrás de formulaciones inocentes se encubre la búsqueda de algún objetivo públicamente inconfesable. Es el caso de Randazzo, quien al postularse en estos días ha repetido con indisimulado cinismo “pensamos que los candidatos no deben ser elegidos a dedo”, cuando en 2015 pretendió ser ungido nada menos que candidato presidencial por el dedo de Cristina. No es necesario ser un agudo analista para ver que esa letanía busca ocultar lo que no es otra cosa que una maniobra más para debilitar la única fuerza socio-política con credenciales y posibilidades de derrotar al macrismo, y desandar su proyecto reaccionario.

La burocracia todo lo quiere consensuar, cultiva un falso realismo que termina en pragmatismo ramplón y rechaza cualquier iniciativa de someterse al juicio teórico: los maestritos de la derecha le han enseñado que eso es pura “ideología”, y que la ideología no tiene nada que ver con el mundo práctico. Entonces su actividad está a salvo de ese sentido de innovación propio de la política transformadora, de esa proyección socialmente superadora que ésta busca en cada táctica, en cada hecho para que no se agote en sí mismo.

El burócrata está inmerso en una serie de relaciones superestructurales de las cua­les cree valerse pero que en realidad lo tienen aprisionado; suele ser sensible a tonteras como las acusaciones de “populista”, y cultiva las banalidades sociológicas que le inculcan bajo disfraz “progresista”, por lo que declara fantasioso y aventu­rero todo planteo que desafíe la correlación abrumadora de fuerzas en contra de los intereses populares. Aunque se manifieste con otras palabras, afirma que el Movimiento nacional no debe ser “clasista”, porque confunde la composición policlasista del Movimiento con su ideología: supone que existen ideologías policlasistas o neutras. No puede entender que, en un frente de lucha, estamos todos de acuerdo con el policlasismo; pero que la ideología es transformadora en función de los intereses de los sectores subalternos o es reaccionaria.

Otra seña inconfundible del burócrata es su adhesión a lo que podríamos denominar psicologismo, ese método de análisis político-social apenas un escalón superior a la hechicería: para tener una idea de su cientificidad basta considerar que es el único que conocen los influyentes editorialistas de la derecha vernácula. Los mismos que estiman que los enfrentamientos entre unitarios y federales, la causa yrigoyenista y el régimen conservador o el peronismo y el antiperonismo, fueron expresiones de una tendencia histórica a malgastar las energías nacionales en luchas duales que nos distraen de las tareas constructivas; que nos estamos destruyendo por odios y cuestiones sin importancia, que seríamos un gran país si no fuese por esa idiosincrasia nativa que desde hace quince años nos impulsa a pelear en dos frentes estériles: los del kirchnerismo y el antikirchnerismo. Es decir, que el país se ha malogrado porque nos peleamos por puro pendencieros que somos y que no hay solución mientras no corrijamos ese vicio del carácter; lo que en buen romance significa la domesticación del kirchnerismo y el sometimiento de los sectores populares.

No debe sorprender que surjan burócratas de las filas kirchneristas, corresponde a la contradicción interna del Movimiento nacional: sus componentes principales y su lucha contra la dependencia y por la justicia social lo ubican en uno de los polos de un anta­gonismo irreconciliable en cuyo extremo opuesto está el macrismo; mientras que su organización, estructura y desarrollo teórico están por debajo de esos requerimientos. Seguramente esto no es resultado de la mala suerte, pero tampoco un determinismo que nos condene a convivir con nuestras propias carencias.







1 comentario:

  1. Agudo análisis. Hasta ahora yo venía diciendo que "Este boludo no entiende nada, o lo manda el enemigo, o las dos cosas."

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