EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

lunes, 31 de julio de 2017

George B. Shaw insistió que el odio es la venganza de un cobarde intimidado. Ante este flagelo mediático es hora de profundizar la Formación Política




Escuchados los discursos oficialistas y colectores no veo otra cosa que odio y sed de venganza. Los chacales, hambrientos y desesperados huelen a sangre, babean sus apetitos y sospechan que están a punto de devorarse a su presa preferida. Vitorean a sus más crueles y despiadados exponentes. Sabemos que lo único que tenemos nosotros es la voluntad y algo de astucia. Recordemos que con un 22% nadie daba dos monedas por nuestro futuro y llevamos adelante 12 años solidarios. No dudo que la soberbia les hará cometer algunos errores. Si queremos sobrevivir, si no queremos ser devorados por los caníbales deberemos aguzar nuestra astucia política y esa voluntad que nos hizo aguantar durante muchos momentos de nuestra historia hasta los peores tormentos...

En Diciembre del 2015 afirmábamos la tristeza que nos causaba  comenzar a despedirnos de aquellas cosas lindas y equitativas que supimos conseguir en estos años. La dinámica de los pueblos es así. Por eso los que creen que interpretan la realidad de manera absoluta más temprano que tarde le pifian. Hay veces que los pueblos dicen basta. Basta de distribución, basta de equidad, basta de inclusión. Queremos otra cosa, sin importar si falta o no falta. Es derrota, sin atenuantes. Ganaron Carrió, Lanata, Magnetto, Morales Solá, el fin de los juicios a los genocidas, Melconian, Singer, Espert, y eso es lo peor que le puede pasar a nuestra sociedad. Pero que va. Seguramente ahora Kovadloff no va a sentenciar que Hitler llegó al poder por medio de elecciones ni hablará de fraudes.

El restaurante está atendido por sus propios dueños; ellos comen gratis y somos nosotros los que trabajamos en la cocina, les mantenemos limpios los baños y le pasamos la bruja al piso, todo por un mendrugo, el resto espera en la parte de atrás por las bolsas de sobras, y es allí en donde descansa el conflicto.
Claro estuvo Nicolás Casullo cuando sentenció que desde la mirada K la política en democracia es intervenir y actuar la conflictividad, no negarla. El conflicto hace inteligible la política en democracia. Se trató desde el presidente de reinstalar democráticamente la idea de por lo menos “dos” proyectos o programáticas en pugna real. Una lucha de perspectivas sociales distintas dentro del respeto a los marcos institucionales. Contienda ya sea con los factores agroexportadores, con las empresas de servicios privatizadas, con los monopolios fijadores de precios, con los criterios corporativos de las fuerzas armadas, con ciertos sectores de la iglesia, con organismos y dominancias en el plano internacional. Gobernar sería partir de la conciencia de conflictos, de poderes en disputa, de intereses opuestos, de negociaciones, de acuerdos desde una programática político social y cultural a cumplir.
Esto fue percibido muy críticamente por un campo no sólo empresarial, sino político, cultural, informativo como aparición de dimensiones por demás negativas de crispación, aspereza, “populismo”, malos modos. Destemplanzas que corroen una cosmovisión de época dominante por excelencia: “Hay una única gran administración de las cosas y de la crisis contemporáneas, un modelo pactado por izquierdas y derechas que se alternan desde una programática consensuada, salvo cuestiones menores a lo socioeconómico”. Esto es, la política necesita partir de un consenso como categoría natalicia de sí misma. Consenso de gobernabilidad que prescribe qué se discute, qué ya no se discute más, qué se plantea, qué se incluye y qué se excluye, espacio imaginario imprescindible donde todos se ponen de acuerdo: los con poder y los sin poder.

Noto que milita un llamativo consenso, sobre todo dentro del campo de la comunicación política, para suprimirle relieve a los dilemas. Deberíamos permitirnos sospechar de la llanura en la cual están embutidas las temáticas. Las disyuntivas pueden ser blancas, negras o grises, y estas últimas en distintas tonalidades, pero lo que no podemos a mi entender, es aceptar livianamente los colores a simple vista, cosa que se pretende instalar de manera taxativa. Se me ocurre que por lo menos nos debemos la obligación de esmerarnos por rasgar las superficies para saber cómo llegamos a esas coloraciones; es decir qué preexiste bajo lo que existe y a su vez intentar relacionar los fenómenos entendiendo que nada es totalmente autárquico dentro de una sociedad. La catarata de conflictos y eventos llamativos que se dispararon recientemente eran previsibles si tenemos en cuenta lo determinante del corto plazo. Estábamos todos avisados, vale. Ahora bien y pasados los primeros acomodamientos, ¿nos podemos conformar y a la vez justificar porque sabíamos qué “algo raro” iba a suceder?  Esto es más o menos lo mismo que sabiendo sobre la llegada de un próximo cataclismo nada hacemos al respecto a modo de prevención.

La ausencia de debate político y si se me permite de una mínima instrucción política, falta de ejercicio diría, ha nivelado la categoría de los antagonistas y no precisamente porque el oficialismo haya elevado sus talentos. Queda claro entonces que dentro de la pobreza política triunfarán aquellos que son probos nadadores en dichas aguas.

sábado, 29 de julio de 2017

La idea es instaurar una “democracia limitada” apelando al mecanismo de la proscripción. Por Alejandro Grimson




La amenaza de proscripciones

Por Alejandro Grimson,  Doctor en Antropología por la Universidad de Brasilia. Investigador del CONICET y docente del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la UNSAM. para La Tecl@ Eñe


En Argentina se ha inaugurado el argumento de la “inhabilidad moral” para proclamar que así se puede expulsar un diputado de la nación, argumento que ya se usa contra la izquierda y que el gobierno proclamó que se usará contra Cristina Kirchner si es electa. El alerta sobre la amenaza que implicaría ese avance antidemocrático de la derecha, cuya expresión última es Brasil, debe alertar a las fuerzas populares en la exigencia  de colocar en el centro de su acción temas como elecciones libres, liberación de presos políticos y plenas garantías constitucionales.


La posibilidad de que se decida la proscripción política de Lula en Brasil torna imprescindible un debate acerca de las características de las “nuevas derechas” latinoamericanas. Como ya hemos planteado anteriormente, es necesario ser muy cuidadosos con las metáforas históricas. Hemos buscado alertar que no resulta posible comparar la derrota electoral del FPV de 2015 con la “Revolución Libertadora”, su bombardeo a Plaza de Mayo, su matanza de cientos de civiles, su proscripción, sus fusilamientos. Salvando entonces esas distancias, y la orientación económica liberal o neoliberal que se repitió en tantos momentos de la historia argentina y latinoamericana, hay dos sentidos adicionales asociados a la fecha 1955 que están presentes hoy en los debates que las propias derechas tienen en distintos países de la región. Al interior del antipopulismo, como sucedió en Argentina desde 1956 (y Aramburu asumió en diciembre del 55), hay controversias acerca de hasta dónde instaurar una “democracia limitada” apelando al mecanismo de la proscripción.

El sólo hecho de que Lula sea el primer presidente de Brasil condenado por corrupción habla por sí mismo. Brasil fue el último país de América en abolir la esclavitud y la monarquía, mantuvo una desigualdad tan descomunal que se utilizó la metáfora de Belindia, una combinación de Bélgica y la India. Es uno de los países donde no ha habido juicio alguno contra los dictadores que gobernaron entre 1964 y 1984. Lula en realidad fue el primer presidente de Brasil de provenir “de la India”. Un migrante nordestino, obrero, líder sindical, opositor de izquierda a la dictadura, que ganó finalmente las elecciones después de muchas derrotas. Es ese presidente, el primero que atacó el hambre, el que incorporó a millones de excluidos, el que se convirtió en un símbolo popular y en una referencia mundial, el que es condenado por ser dueño de una casa que no es suya. Decir que su condena está “floja de papeles” es un eufemismo.

Cuando Dilma logró el cuarto mandato para el PT y perdió velozmente popularidad al cambiar la política económica, la derecha decidió avanzar y la destituyó a través de un proceso que avergonzó internacionalmente al país. Ahí viene un paralelismo con 1955, que no se dio en el caso argentino actual. ¿Por qué el antipopulismo no tuvo la paciencia de esperar unos pocos años? Realmente, el peronismo de 1955 no tenía aseguradas las elecciones presidenciales de 1957 y el PT de 2016 muchísimo menos las de 2018. Aquí cabe una primera distinción. Hay antipopulismos que saben esperar (o no les queda más remedio que hacerlo) y logran ganar una elección (o varias). Hay antipopulismos que tienen niveles de arrebatamiento y ansiedad que tornan insostenible en el tiempo su propio proyecto.

Porque la Argentina posterior a 1955 fue una catástrofe que sólo iría creciendo en cada crisis. La ilusión de algunos sectores con Frondizi duró meses y el respeto que despierta la persona de Illia no alcanza para resolver una crisis nacional. El regreso de Perón fue una ilusión descomunal, inmensa, única, que se evaporó en el prólogo de los peores años de la historia nacional. Y sea dicho: la Argentina de hoy se recuperó sólo parcialmente del proceso de 1976, todavía no se recuperó del todo. Realmente, los datos son elocuentes: el 76 fue el momento en que la Argentina “se jodió” por décadas. Y debe comprenderse: no hay 76 sin 55.
Y Brasil hoy está viendo si empieza un 55.

Para algunas de las mentes antipopulistas más lúcidas, la catástrofe de 1955 se tornó evidente en pocos meses. La desazón y el desánimo ganó rápidamente a algunos referentes del antipopulismo cuando percibieron que los planes antiobreros, antisindicales y antidemocráticos tornarían persistente la humillación, la pérdida de conquistas y haría imposible su sueño, a saber: gobernar con el apoyo electoral de las mayorías. 

Entre los partidos que apoyaban el derrocamiento, Oscar Alende planteó su preocupación por los planes de austeridades y sacrificios de los asalariados, más aún si eso implicaba establecer un “estado gendarme”. Alende reclama que el movimiento triunfante sea un revolución popular para demostrar que “la democracia es superior a la dictadura”, es decir que ese gobierno demuestre “al pueblo que por este sistema se hace más factible la felicidad del pueblo que por los sistemas dictatoriales”.

¿Palabras vacías? No, palabras que reflejan a un sector de los antiperonistas que deseaban –pero no pudieron- mostrar al pueblo que sería más beneficiosa su “democracia”, considerando a esta factible aún basándose en la proscripción. Deseaban convencer al pueblo. Como Mario Amadeo, que aludía a “ese vasto sector de la población argentina que puso sus esperanzas en la figura que dio su nombre al régimen caído y que, a pesar de sus errores y sus culpas, le sigue siendo fiel”. Porque esa masa, decía, “está crispada y resentida”. Y señalaba que el “éxito o el fracaso del intento de unir al país depende, en buena medida, de cómo se interprete el hecho peronista”. Sesenta años después ya se vio lo que pasó en aquel entonces con “unir a los argentinos” y la total incomprensión del hecho peronista.

Martínez Estrada, que contribuyó con un libro a esa incomprensión, poco tiempo después de publicarlo “reconsideraría algo más benévolamente a Perón”, nos dice Christian Ferrer, “una vez que sus sucesores le terminaron por parecer mucho peores, por sus intenciones y por su ineficacia, y también por necios y falsos”. De ese cambio provino su debate con Borges. También Ernesto Sábato era antiperonista y por ello fue nombrado interventor de la revista “Mundo argentino” por la dictadura de 1955. Al año siguiente denunció las torturas y debió renunciar. También en 1956 publicó El otro rostro del peronismo: Carta abierta a Mario Amadeo, donde se lee: “Aquella noche de setiembre de 1955, mientras los doctores, hacendados y escritores festejábamos ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un rincón de la antecocina vi cómo las dos indias que allí trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas”. Había algo radicalmente incomprendido en el peronismo y el sólo hecho de formular esa pregunta era considerado un sacrilegio por parte de los antiperonistas recalcitrantes. Sábato, en una carta abierta aAramburu decía que “los valores éticos que habían dado justificación a la Revolución Libertadora estaban a punto de malograrse provocando una nueva frustración colectiva”.


Gino Germani se frustró ante los hechos y le explicó a los antiperonistas que sólo podrán “desperonizar” al pueblo si le otorgan los beneficios y dignidad iguales o mayores que el peronismo. Si la “Libertadora” no resolvía (o generaba) problemas reales, entonces la “desperonización” no ocurriría. Y, como sabemos, no ocurrió.
Estos intelectuales no tuvieron la humildad de percibir su propio error, pero tuvieron la honestidad de explicitar que no era con menos derechos, con violaciones a los derechos constitucionales, atacando conquistas populares, que se podrían resolver los problemas del país.

Estos temas han atravesado debates de distinto tipo entre las nuevas derechas latinoamericanas, en particular después de sus sucesivas derrotas electorales anteriores a 2015. Aquello que sus detractores consideran “puro marketing” es marketing pero está en debate si es algo más que marketing. Porque queda abierta la pregunta de si podrían gobernar ejecutando sus planes neoliberales y corruptos con la anuencia del voto popular. Y las situaciones son diferentes allí donde logran ganar elecciones (como Chile y Argentina) que allí donde no lo logran (como Ecuador), que allí donde la frustración los lleva a la destitución escandalosa (Paraguay, Brasil).

El 27 de julio, dos días después de la patética sesión del parlamento nacional, un intelectual muy crítico del kirchnerismo y, desde mi punto de vista, muy cercano al actual gobierno, publicó en el diario Clarín un artículo sobre “Brasil: riesgos del vendaval justiciero”. Es muy cierto que nadie puede transpolar el análisis de Vicente Palermo sobre Brasil a la Argentina. Pero además de señalar que las pruebas con las que fue condenado Lula no son concluyentes, en el fondo Palermo señala un alerta mayor: hay problemas que no son judiciales, sino políticos. Específicamente señala que si Lula es encarcelado (y proscripto) eso “añadiría una pesada carga de desestabilización al sistema político”. La recomposición del sistema político, afirma Palermo, sólo fue emerger de un triunfo o una derrota de Lula en elecciones limpias.

He aquí alguien que (su argumento es para Brasil), prefiere gobiernos que ganen elecciones sin proscripciones como base de cualquier legitimidad política. Y elige el sistema de elecciones libres antes que el gobierno de esta u otra fuerza. Si en Brasil la mayoría pensara como él, una parte del problema actual podría encaminarse. Al menos, tener visos de resolución. Si no, sólo puede agravarse.

Ahora regresemos a la Argentina. Donde no sólo se ha inaugurado escandalosamente el argumento de la “inhabilidad moral” para proclamar que así se puede expulsar un diputado de la nación, sino que ya se está usando ese argumento en una provincia contra la izquierda y ya se ha proclamado que se usará ese argumento contra Cristina Kirchner si es electa.

Hagamos un paréntesis. Aquellos que creemos en las instituciones, creemos que si hubiera Poder Judicial que impartiera justicia los corruptos serían juzgados y estarían presos. Y hay que luchar para que eso suceda. Aquellos que creemos en la instituciones no nos arrogamos el derecho de decidir nosotros, en reemplazo de un juez, quién debería ser condenado y quién no. Tenemos libertad de opinión, pero no podemos hacer mamarrachos por mano propia.

O ponemos Constitución, las garantías constitucionales y las elecciones libres sin proscripciones por encima de nuestras diferencias políticas, o la Argentina va volver a ingresar en décadas penosas de su historia.
El “problema latinoamericano del 55” puede enunciarse así. En el Cono Sur, en Brasil y otros países, la democracia, las elecciones libres, los derechos humanos son grandes conquistas de las mayorías populares en contra de los planes de la derecha. Las izquierdas políticas y sociales nunca estuvieron satisfechas con la democracia puramente electoral. Pero al menos desde los ochenta saben que la democracia electoral es una condición necesaria, aunque no suficiente, de una vida plenamente democrática. ¿Qué sucedería si los sectores más recalcitrantes de la derecha antipopulista se convencieran y pudieran imponer la proscripción política de todo candidato con chances de derrotarlos? ¿Qué sucedería si el Poder Judicial se convirtiera –por ahora no lo es- en un mero apéndice de las derechas recalcitrantes? ¿Qué sucedería si sólo los candidatos y gobernantes de los partidos del establishment pudieran presentarse sin ser amenazados de persecución y encarcelamiento?

Mientras escribo estas líneas temo apresurarme. Por ello insisto en que hasta el momento esa línea no ha terminado de imponerse. Pero al mismo tiempo temo postergar estas líneas. Porque debe comprenderse que si eso que espero que no suceda llegara a concretarse, la derecha habría conseguido destruir la mayor de las conquistas de todos nuestros países en estas décadas: las elecciones libres. Tan asiduos a las metáforas históricas, otra figura clave aparece también en las redes ante cualquier amenaza de proscripción: el 17 de octubre. Es muy cierto que aquel día Perón fue liberado de la prisión militar por la movilización popular. Y que, como tantas veces, esa movilización consiguió justamente elecciones libres y transparentes, sin proscripciones.

Por eso mismo, esta nota no es ingenua. El alerta sobre la amenaza que implicaría ese avance antidemocrático de la derecha tiene una consecuencia de principios y política. Las fuerzas populares deben colocar la exigencia de elecciones libres, la liberación de presos políticos, la plenas garantías constitucionales, en el centro de su accionar en toda la región. Aceptar, como se ha hecho en muchos países, las decisiones de las urnas. Aprender de cualquier derrota. Pero nunca poner en duda que las elecciones libres son una conquista, una condición para cualquier otra conquista. Quien dude de ese principio, facilitará el camino para el plan de la derecha.

Fuente: La Tecl@ Eñe



viernes, 28 de julio de 2017

Hoy cumpliría 90 años David Viñas.. en mi equipo siempre juega de titular


Una certeza dominaba lo que David Viñas entendía por literatura: la certeza de que lo que alguien escribe lo escribe solo, la certidumbre de que la literatura existe porque el escritor habla una lengua personal que lo individualiza y lo inscribe en un campo de fuerzas. Escribir, sabía y transmitía Viñas, es la posibilidad más íntima de un sujeto, algo que, como morir, nadie puede hacer por mí. Para el autor de Literatura argentina y realidad política, libro que inauguró la crítica literaria contemporánea, la política de la crítica era antes que nada una política de la lengua que buscaba liberar la palabra auténtica y única del estilo de entre los pliegues de lo dicho. Atento a los detalles microscópicos, Viñas hacía hablar a los textos por medio de esa puesta en escena llena de gestos crispados y remates teatrales que era su enseñanza. Un ejemplo: rescatado por el ojo clínico de Viñas, el gesto de Sarmiento de estirarse nerviosamente el frac con París a la vista se ha vuelto inolvidable. El detalle encarna toda una constelación de sentido: las fervorosas carencias de escritor pobre, el provincialismo, la cortedad, la inadecuación del escritor argentino frente a Europa. Lugar de la verdad y la significación, miniaturas como éstas hacen que se sienta “la proximidad constante del autor, es decir, que un estilo se personaliza a través de un cuerpo y la literatura se encarna en una dimensión concreta”. Entonado por Viñas, Sarmiento, uno de esos sujetos liberales cuyas contradicciones alimentaban sus arrebatos retóricos, se vuelve una voz que “cuchichea, rezonga, murmura proyectos o nos codea” y, entre el cuerpo y el lenguaje, “nos permite intimar con él”. En este sentido, Viñas ha pasado a nombrar un corte, un tipo de insumisión, un acontecimiento dentro de los modos de leer y de entender la literatura argentina que se repite cada vez que un texto se convierte en documento de barbarie, desgarrado entre lo que las palabras dicen y no dicen, entre lo que muestran y ocultan, entre lo que pueden y no pueden decir.

Por Fermín A. Rodríguez

Cuando la intelectual de la Alianza tuvo que huir humillada. Conmigo no Beatriz, pensó el enorme David..  Para recordar, ponerse de pie y aplaudir hasta que las manos sangren de dicha..  


miércoles, 26 de julio de 2017

Los sueños de los psicóticos plutócratas son una pesadilla terminal





La psicología de la desigualdad y una historia de lujo

Sam Pizzigati, es coeditor de Inequality.org y miembro asociado de Institute for Policy Studies de Washington D. C. para Revista Sin Permiso

La existencia de servicios comerciales como el que ofrece The World puede simbolizar una contradicción interesante que afecta al intelectual colectivo de las sociedades occidentales contemporáneas: ¿Ofrece el más lujoso y exclusivo barco residencial del mundo lo último en experiencias humanas, o es este, sin embargo, otra señal inequívoca del carácter irremediablemente turbio del orden económico vigente?
Existe un grupo formado por unas doscientas personas de grandes fortunas que pasará sus días de verano de manera plácida y despreocupada. El verano acabará, finalmente, pero no el placer y la despreocupación. Bienvenidos al mundo de The World, el mayor (y más dispendioso) “barco residencia privado del planeta”.
Habitualmente, los periodistas describen The World como un “complejo flotante de residencias de lujo en condominio”. Pero esa etiqueta no hace justicia a este navío. The World ofrece a aquellos que deciden llamar hogar a un barco nada menos que la perspectiva de un perpetuo viaje lleno de aventuras.
Pero tal promesa conlleva un precio apto para pocos bolsillos. La residencia más humilde de esta masiva embarcación de bandera bahameña se cotiza actualmente a 1,53 millones de dólares norteamericanos. La mayor de las suites cuesta 16,2 millones. Sumémosle a estos precios de venta una tasa anual de mantenimiento de 450.000 dólares, aproximadamente, para una residencia de 4,5 millones.
¿Qué obtienen los residentes a cambio de todo este dinero? El derecho a votar cada año cuáles de los siete mares irá a explorar. The World inició su viaje estival este julio en el puerto de Dutch Harbor en Alaska y navegará hacia el sur por la costa del Pacífico del continente americano hasta Cabo San Lucas, en la península mexicana de Baja California.
Llegado el otoño, el barco cruzará el Canal de Panamá, recorrerá el mar Caribe y finalmente se dirigirá a Nueva York. El año siguiente, la travesía continuará por Europa y África. A bordo de The World, el viaje nunca termina.
Algunos de los adinerados habitantes de este barco llevan viajando en él desde su inauguración en 2002. Han atracado en puertos de 114 países. Han podido ver los glaciares del círculo polar ártico y los volcanes de Vanuatu, siempre en un ambiente de exquisita complaciencia.
The World cuenta con una plantilla de 270 personas que atienden las necesidades de entre 150 y 200 residentes, los cuales gozan de una amplia oferta de ocio para mantenerse ocupados, desde las comodidades de lujo más comunes en los viajes de crucero hasta una cancha de tenis y un simulador que permite a los torpes golfistas de este barco probar “80 de los mejores campos de golf de élite del mundo”. Los vecinos de esta embarcación también cuentan con una dieta abundante. Su “tasa” anual de mantenimiento les permite gastar 30.000 dólares en tiendas gourmet o en una vinoteca de más de 16.000 botellas de vino. Los restaurantes también abundan.
Resulta que los residentes de The World reflejan perfectamente (en cierto sentido) la población mundial de hogares con al menos 10 millones de dólares, la fortuna mínima que previsiblemente posee cualquiera que se permite vivir en este barco. Actualmente, la mitad de los propietarios de viviendas en The Worldproviene de los Estados Unidos.
Muchos de estos propietarios terminarán regresando a tierra firme. En términos medios, los habitantes de The World pasan seis años en él como propietarios. Sacian su “hambre de viajar”, tal como explica un oficial de abordo, y después pasan el resto de sus días en tierra.
¿Qué te sugiere a ti todo esto? ¿A qué nivel se encuentra ahora tu cociente de envidia? ¿Se te ocurre algún otro objetivo vital más exclusivo que el de conseguir pagarse una vivienda a bordo de The World? O, por el contrario, ¿sacudes la cabeza, con decepción y quizás disgusto por la idea de que nuestro mundo tenga tantas personas pudientes suficientemente absortas en sí mismas como para abstraerse del mundo real (y sus problemas) durante años?
¿Deleite o disgusto? George Gallup debería hacer una encuesta, y si esa encuesta mostrase que la mayor parte de nosotros daríamos casi cualquier cosa a cambio de un viaje a bordo de The World, los plutócratas del mundo sabrían de su gran victoria. Sus sueños se habrían convertido en nuestros sueños. Y esto, para el mundo, sería una terrible pesadilla.

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lunes, 24 de julio de 2017

“Estigmatizapolio”




¿Cuántos de los ciudadanos que otrora se inclinaron fervorosamente por el kichnerismo hoy le dieron la espalda a propósito de la propaganda y el denuesto falsario? Acaso en política la estigmatización de grupos por parte de la poderosa mass media sea un arma extremadamente eficiente para inclinar la balanza. Históricamente no sólo existen hitos a destacar sobre el tema, sino además grandes matanzas. Nadie con las defensas bajas, permeable a la opinión publicada, desea adherir a una agrupación acusada (sea cierto o no) de desquiciada y corrupta, y menos aún que lo relacionen directamente con ella más allá de coincidir con sus lineamientos políticos.
De todos modos no llama tanto la atención que las demás opciones políticas exhiban tantos o más granos que el propio kirchnerismo en estas cuestiones teniendo en cuenta que dichos eczemas se encuentran mimetizados, acaso protegidos por la propia mass media acusadora. Si nos detenemos puntualmente sobre los triunfadores en cada distrito notamos que el tema de la corrupción no ha tenido su correlato electoral. Es la estigmatización mediática de los grupos y personas lo que produce la fuga en sí y no la corrupción misma. Que los kirchneristas somos naturalmente corruptos está tan instalado políticamente como que los judíos se quedaban con las rentas colectivas de los alemanes. No importa que sea cierto o no, es así, es útil como argumento político y no se modifica.
Esta suerte de sayo instalado produce fugas inerciales. Se me dirá que dentro de un cuarto oscuro uno decide autárquicamente, pues me atrevo a soslayar que uno también desea pertenecer socialmente a un colectivo que lo contenga, dejar de ser estigmatizado, siendo el camino más corto deshacerse del sayo. Por eso temo que la estigmatización es otra de las grandes vencedoras de las PASO; sucede que para su tristeza no puede salir a festejar, resultaría vergonzoso que el prejuicio y la falacia conceptual determinen el futuro de una sociedad.




VERDADES, VERSIONES, MENTIRAS, CALUMNIAS Y MANIPULACIONES


por Sebastián Olaso (para La Tecl@ Eñe)


Vivimos en tiempos en que el concepto de verdad se ha vuelto increíblemente complejo. Estoy de acuerdo con que no hay verdades únicas, con que algunas supuestas verdades son apenas factores de poder, visiones fundamentalistas o elementos de dominación o de manipulación. Tengo muy en claro que la idea de un pensamiento único, sin posibilidad de disidencia, puede derivar en sociedades violentas, totalitarias, intolerantes, homogéneas, hegemónicas, represivas. Pero me niego al “borramiento” del concepto de verdad. Me niego a que, como contracara, se anule el concepto de mentira. Me niego a que haya un nuevo totalitarismo donde no haya más que supuestas verdades particulares, personales, que permitan mentir a mansalva, de modo impune. Me niego a que el debate use la expresión su verdad cuando debería usar la expresión su versión: versión que, luego se verá, quizás en algunos casos sea una verdad personal, pero quizás en otros casos sea una mentira lisa y llana.

Por lo tanto, entiendo que es necesario que todos volvamos a considerar hasta dónde vamos a relativizar el concepto de verdad. ¿Toda, toda, toda versión entrará en el criterio de verdad personal?
En este juego de excesos y omisiones que se crea muchas veces cuando se necesita visibilizar algo importante, creo que es necesario, además, no aplanar las miradas. Creo que es necesario restituir un espacio al concepto de verdad. Si lo logramos, vamos a poder ser realmente fuertes en nuestros argumentos, en nuestras opiniones, en nuestro posicionamiento. Si en un lugar hay violencia, ilegalidad, represión, abuso, estafa o cualquier tipo de acción digna de atención, intervención, concientización, ¿para qué adulterar los hechos?

La respuesta no está en mis manos; pero según mi opinión (según mi versión, que luego se verá si califica para ser considerara mi verdad), la adulteración está favorecida, entre otras cosas, por la estigmatización del concepto de verdad. ¿Para qué voy a decir que la última dictadura argentina se apropió de mí, si está probado que se apropió de otros quinientos niños? Y si alguien sigue siendo escéptico con el número, lo indudable es que se apropió, al menos, de los más de 120 nietos recuperados a la fecha. Las atrocidades de la dictadura no necesitan de mi mentira para agravarse. Por lo tanto, mi mentira no solamente me convertiría en un mentiroso, sino que además ayudaría a quienes buscan impunidad para los terroristas de Estado y desprestigio para quienes buscan justicia. Lo mismo ocurre con todo tipo de calumnia, de denuncia falsa, de adulteración de la realidad.


sábado, 22 de julio de 2017

ENTREGÁ EL CHUPETE, Y TENDRÁS UN JUICIO JUSTO... por Osvaldo Fernández Santos, Psicólogo – Psicoanalista para La Tecl@ Eñe







Triste presente el de una sociedad que desprotege y castiga a los más vulnerables. Las propuestas sincrónicas de desatender a los ancianos y perseguir a los niños desamparados, es un cóctel añejado del capitalismo, hoy preparado y servido desde un programa de Excel.
           
El pragmatismo inmoral como filosofía política, sacrifica en el altar de la hipocresía de la conciencia del buen ciudadano -formateada por los medios concentrados de “información” y los memes de los trols-, los residuos de las clases sometidas, los viejos que dependen del Pami y los pibes que sobreviven en la inmediatez del día a día, en un país atendido por quienes se creen y hacen creer que son sus dueños.
           
El vampirismo oligárquico mientras succiona la sangre de los trabajadores, con la redistribución regresiva del ingreso más brutal e inmediata de la historia del país, necesita ofrendar pan y circo, pero siempre le urge más sangre. La obtenida por la confiscación de los medicamentos de los abuelos es desvitalizada, raquítica en términos económicos duros, pero aporta a la perinola de la clase dominante, que cuando la hacen girar están tranquilos, porque saben que todos los laterales dicen: “toma todo”.
           
En el pan y el circo se cristaliza el riesgo de la desubjetivación. La revitalizada compulsión a la repetición noventista, apunta en esta escena, al proceso de desmantelamiento de la subjetividad. La propuesta inmoral de bajar la edad de imputabilidad, conlleva el principio de lo supuestamente conveniente por sobre los valores de la solidaridad y cuidado de niñas y niños, básales de la cultura. En el origen de toda cultura, a partir de la irreductible asimetría de poderes existente entre adultos y niños, opera la pautación que interdicta la apropiación de los cuerpos de los niños por parte de los adultos. La humanización es inherente a la praxis de la responsabilidad por parte de quien detenta el poder ante el otro indefenso y/o dependiente, ninguna ley ética puede invertir el orden de la asimetría estructural y penalizar al niño por la falla del adulto.
           
Blandir de modo mágico-demagógico-cínico la baja de la edad de imputabilidad a los 14 años, para enfrentar la problemática de la “inseguridad”; parte de dos supuestos siniestros: 1) Que sus mentores realmente crean en dicha solución, y/o 2) que se encuentren convencidos de que la medida goza de consenso social, el cual con anterioridad, alimentaron con la amplificación mediática al infinito del accionar de “los pibes chorros” y ahora asesinos. Ante la proposición abyecta de criminalizar aún más la infancia, y antes que el furor punitivo se extienda hasta solicitar la entrega del chupete del “delincuente prematuro”; resulta necesario refutar la lógica pragmática que sostiene el primer supuesto, enfrentando las nauseas que provoca tener que hacerlo.
           
Desde hace 20 años me desempeño como perito psicólogo en el Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires, durante los últimos cuatro, en el Cuerpo Técnico Auxiliar (CTA) del Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil, en un departamento judicial que concentra uno de los índices más elevados de apertura de causas penales juveniles. Durante ese período, trabajé en forma absolutamente dominante con jóvenes pobres, con una sola excepción. La abrumadora mayoría de los evaluados fueron jóvenes inculpados de cometer delitos contra la propiedad. En dos oportunidades intervine en casos de lesiones (daños a un tercero), en ambas ocasiones fueron debidas a peleas callejeras. Evalué solo un niño inimputable (menor de 16 años). En forma predominante los jóvenes peritados recibieron diversos maltratos por parte de la policía y fueron alojados en comisarías (circunstancia prohibida por la ley 13.634, pero de práctica corriente).

Intervine en el transcurso de estos cuatro años, en dos casos de homicidio. El párrafo aparte es ex profeso, a buen lector poca aclaración. Uno de ellos se trató de un adulto de 28 años, que llevaba 11 años detenido, y fue condenado por participar en un robo cuando contaba con 17 años de edad, en el cual fue asesinada una persona por parte de un adulto co-autor del acto delictivo. El otro caso de homicidio, se correspondió con un joven de 16 años, de clase media-alta, que al procurar sacar del garaje el auto de los padres, mató a una mujer que pasaba caminando por la vereda de enfrente. Este adolescente es el único caso de los que evalué, donde la policía le brindó contención, y le ofreció ayuda psicológica. Nunca estuvo detenido.

Un modo de dimensionar la incidencia de los delitos cometidos por los jóvenes respecto del delito general, es la situación desencadenada en el ámbito del poder judicial respecto de la evaluación de los niños y niñas abusados sexualmente. A partir de la ley 13298, se solicitó que los niños y niñas presuntamente victimizados sexualmente por adultos, fueran evaluados a modo de colaboración en los CTA. Durante el año 2016, el 80% de las pericias que produje fueron sobre causas de abuso sexual correspondientes al fuero penal de adultos. Es decir, que la comparación de todos los delitos cometidos por los jóvenes infractores contra el delito único de abuso sexual perpetrados por adultos, arroja una relación de 2 a 8.

El método inductivo nunca puede generalizarse en modo automático, no obstante, la casuística obtenida en mi praxis pericial, coincide con los informes realizados por la Comisión Provincial por la Memoria en base a datos aportados por el monitoreo exhaustivo llevado a cabo por el Comité contra la Tortura, el Grupo de Estudios sobre el Sistema Penal y DDHH y el Observatorio de Adolescentes y Jóvenes del Instituto Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA; estadísticas de la Subsecretaría de Niñez y Adolescencia; e investigaciones de campo. En dichos informes se da cuenta que los delitos cometidos por jóvenes representan un 4,2 % respecto del total de los delitos; y que de ese 4,2%, solo el 0,6 % se corresponde con homicidios consumados por jóvenes y/o con su participación.

Ojala el poeta tenga razón y el tiempo esté a favor de los pequeños, de los desnudos, de los olvidados, y a favor de buenos sueños; porque en el presente la esencia de la ternura como principio humanizante está en riesgo.  







Anexo:

La Carta Robada del Polaquito:

Reclutamiento policial y juego electoral sobre la infancia diezmada por Julian Axat, defensor penal juvenil, poeta y abogado



jueves, 20 de julio de 2017

HASTA LA PROSCRIPCIÓN NO PARAN. Todo aquello posible de derogarse será derogado










Ante semejante propuesta se hace imposible concebir que el colectivo social, de manera masiva, intente comprometerse militando políticamente de manera concreta. Rompe a los ojos que la idea del establishment es descorazonar a la sociedad para que dicho segmento no sufra la intromisión de personas y o proyectos políticos que puedan poner en tela de juicio el orden establecido. Desde la metáfora podemos asumir que los bombardeos de junio del 1955 cayeron nuevamente en diciembre del 2015; por eso no nos puede ni nos debe extrañar que en breve repitan la operación, pero para intentar dar el zarpazo final.

Nuestra historia, como muy bien explicó Tito Cossa hace unos años, demuestra que luego de cada intento inclusivo en pos de desarrollar programas políticos en donde la equidad sea el paradigma arribaron procesos tremendamente reaccionarios. Y esto es bueno que lo ponderen los sectores que se autodefinen como progresistas y populares. Luego del golpe a don Hipólito Yrigoyen no vino Lisandro de la Torre, arribó la década infame; luego del derrocamiento de Perón no llegó el socialismo formal, vino una dictadura y la revolución fusiladora; luego del golpe a Illía no desembarcó la vanguardia, arribó Onganía y el departamento de estado; cuando le tocó el turno a Alfonsín, encalló la segunda década infame de la mano del neoliberalismo. De manera que las violentas lecciones que el establishment anticipa tienen su ineludible correlato político, mensajes que si no sabemos prever y contrarrestar eficazmente obtendrán el mismo éxito del pasado. Y cuando hablo de prever y contrarrestar me refiero a no abandonar los espacios públicos y comunes muy a pesar de que sigan cayendo bombas judiciales.   

Este ataque judicial y mediático del presente, inédito y descarado es un artero bombardeo en contra de la política. El mensaje es tan simple y tan sencillo que el básico y limitado sentido común de la mass media lo absorbe sin ningún intento de defensa. En la actualidad y gracias al goteo mediático se asume como válido que las decisiones políticas de los gobiernos legítimos y legitimados por el voto popular que apuntan a modernizar una sociedad o darle un sentido más equilibrado a la distribución del poder son judicializables per-se, por una fuerza conservadora fáctica, independientemente de la existencia de un delito.

La proscripción, nuestra proscripción política, será una necesaria herramienta para que el programa de restauración pueda desarrollarse sin conflictos. Proscripción en los medios, en los sindicatos, dentro del poder judicial, en el Congreso. Me refiero a la invisibilización. El apellido Kirchner deberá ser enlodado jurídicamente y estigmatizado lo suficiente como para poder justificar sin demasiados argumentos la desaparición de todos los símbolos de la época. Instalar la idea de “un colectivo político criminal” de un “gobierno criminal” implica parte de esa línea.
Y volvemos al principio, en la coyuntura todo lo posible de derogarse será derogado, y eso incluye las verdades, sean ellas las públicas, las publicadas y las jurídicas. La diferencia política es clara. Ninguno de los proscriptores puso en riesgo al establishment dominante, tanto el primer peronismo como los gobiernos kirchneristas, sobre todo los de Cristina Fernández, fueron los únicos que en cierta medida lo hicieron, y eso se debe castigar, cuestión aleccionadora y condicionante de manera tal que en el corto y mediano plazo no vuelva a suceder.




martes, 18 de julio de 2017

Se trata de la lucha entre las armas del poder confidencial y las cicatrices del poder popular.






La Campaña, por Horacio González, para La Tecl@eñe



Fuente:


La campaña de Cristina no es una “duranbabización de izquierda” figurada en los manuales de procedimiento de los expertos en hacer “ganar” o “perder” elecciones, o en el sentido común al que nos obligan Fantino o Lanata. La campaña de Cristina contiene el germen potencialmente vivo de una asamblea o un mitin de comuneros libres.


Una campaña política, conquista y reafirma voluntades, mientras que la campaña militar busca desmontarle a los otros sus nociones de organización y lucha. No hay allí un tercer opinante, los electores, sino que las cosas se resuelven cuando alguna de las fuerzas bélicas ocupa el centro de irradiación del enemigo por la potencia de sus medios técnicos, intelectuales y beligerantes.

Sabemos las diferencias, pero no perdamos de vista los parecidos. En una campaña, todo es significativo, gestos desapercibidos cobran singular relieve y cálculos mayúsculos pueden pasar sin interés para la crónica. Se le habla al pueblo de la nación a fin de atraer su atención, por lo tanto es un tipo de mensaje que recubre de importancia al interlocutor, el candidato saluda con más atención y hay que detenerse ante cualquier pregunta callejera, a diferencia de un jefe de Estado, un gran Sindicalista o un Canciller, que aunque puede hacerlo, no tiene en general tiempo para eso. Por eso una campaña es un vasto teatro donde el candidato está a la intemperie, todos los elementos que aparecen ante su vista se mueven a su paso o lo sensibilizan. No tiene guardaespaldas o si los tiene no están en primer plano, con lo que una campaña es también un tipo de Estado, pronuncia una forma de poder y decisión, sobreentendiendo que si ésta tiene ámbitos cerrados o exclusivos, la campaña ayuda a pensarlos por el envés.

Si se trata de poderes confidenciales la campaña ayuda a pensarlos con mayor amenidad, y se configuran también más porosos. Y así, si se entiende que el ejercicio del poder podría excluir una porción importante de la palabra pública, ésta después podrá apreciarse si se eclipsa o se muestra rozagante durante la campaña –a cielo abierto-. Pues no hay poder sin campaña ni campaña si una idea de poder. Entonces, la campaña prefigura, adelanta, permite visualizar cómo sería una orden o una decisión grave futura. Sin que nadie necesite decirlo, la campaña anticipa los estilos con los cuales, si el candidato sale elegido, ejercerá sus oficios.
Es sin duda el reino de la promesa. Mejor dicho, el arte de la promesa. Nadie pide contratos electorales; esta expresión es nueva debido a las notorias distancias que estableció Macri entro lo “dicho” y lo que está haciendo. Sabemos que la política es la movilidad de las decisiones en incesantes escenas moduladas en sus diferencias, pero esto ocurre siempre bajo explicaciones pertinentes y críticas al actuar propio. Una elección en las sociedades masivas, mediatizadas y metropolitanizadas, no puede restringirse a un contrato ni puede desentenderse del valor de las promesas. Es cierto, que algo hay de contrato, pero tiene de contrato lo que le permite la promesa y de promesa, lo que le permite el contrato. Por eso la acusación habitual al macrismo de que rompió el contrato electoral, es justa y comprensible, por lo desmesurado de una experiencia política que se lanzaba a una aventura con cálculos previos sobre la distancia entre lo que sabía que decía y lo que sabía que haría. En ese sentido, es lo más grave que ha ocurrido en la historia de todas las campañas políticas argentinas y anuncia un nuevo tipo de político fantochesco o rocambolesco (incluso en su actitud de bailar como un muñeco desarticulado o el remedo de un pato deforme o aturdido en el propio balcón de la casa Rosada). Sería un político de estructura extremadamente simple: una máscara y un despojarse de la máscara. Dos movimientos vinculados a la vida de las marionetas; mucho más temible cuando despojado del embozo, el rostro crispado muestra su temible verdad.

Ya sea porque el candidato macrista no posee las facultades de la oratoria, sino de una prédica primitiva, paternalista y ofensiva (siempre atemorizadora; su sonrisa es cruel, como mínimo sobradora), ya sea porque las asesorías del caso privilegiaron las imágenes llamadas de “proximidad” por sobre el discurso “dicho a los vientos”, es decir a las multitudes, a la historia o al horizonte utópico que posee toda sociedad, se ha girado hacia un tipo de enunciado basado en arquetipos vacíos, meramente escénicos, que luego se multiplican en “red”. Son ejemplos vastamente conocidos el timbreo, las fotos donde “no se lo sorprenda hablando sino siempre escuchando”, la cercanía con la “gente”, donde el acontecimiento semeja a una reunión de amigos, las referencias cachadoras al fútbol, hechas en reuniones internacionales (como si ninguna otra cosa importara, sólo la camaradería de los hinchas de fútbol, “amigos fingidos en la chistosa incompatibilidad”). Lo cierto es que las experiencias políticas de este tipo, ficticiamente “despolitizadoras” y trazando una línea de abyección contra el “pasado”, además de invocar la “izquierda” en el sentido de fin de las ideologías. Llamándose entonces izquierda al acto de invocar “millenials" –o sea baratijas y mitologemas de periodistas detrás de su bestseller-, conceptos reducidos al uso legendario y absorbente de las redes y todos sus sistemas de control de tendencias de consumo, lo que es un fenómeno que ni deja de reiterar motivos ultra conocidos ni  pierde interés para su estudio etnográfico (como “Adolescencia y Sexo en Samoa”, de Margaret Mead, complejo monumento al relativismo cultural que hoy debilitaría hasta el sarcasmo estas nociones periodísticas sobre los nuevos adolecentes). Nociones periodísticas y electorales, que se traducen en la angustiosa pregunta de los políticos  ¿Qué pasa con los jóvenes?

Los medios de comunicación, ignorantes en cualquier tipo de filosofía a que fuese, han  consagrado la idea de proximidad, actuación, guerra de palabras, modelos de conflicto, creación de conceptos, como el notorio, amenazante y pendenciero de “grieta”, etc. No puede pedírseles que invoquen a Emmanuel Levinas –la alteridad del otro vista en su rostro cercano e infinito-, pero algo hacen los medios: creando una falsa intimidad, anulan falsamente toda lejanía real. En los medios sólo hay destierro, exterioridad, extrañamiento. Pero siempre se apela a una actuación de la proximidad. En cierto programa que se burla de los que concurren llamándolos “intratables”, todos hacen sus papeles, donde la creencia íntima que los sostendría ya no actúa en la creación de situaciones  discursivas sino de roles guionados. El propósito es demoler al gobierno anterior, pero alguien hace de “kirchnerista” y otros “invitados” pueden o no desarrollar un tema en medio de la baraúnda deliberada del programa. Pero predomina la conversión de la política en una teatralidad deforme, que alcanza incluso a los que auténticamente allí despliegan algún razonamiento sostenido en andamios de sensatez. Reina una falsa intimidad, tomada de modelos anteriores de la televisión (a pesar de sus ostensibles diferencias), desde Polémica en el Bar hasta 6,7,8, del cual extraen no pocas nociones respecto a énfasis y ridiculización  de situaciones. La tecnología de la televisión cruza todas las fronteras.

Por eso,  queda como metodología de la enunciación social la idea del sufrimiento directo, o de la exhibición directa del sufrir, de la pérdida personal o de la polémica (verdadera o falsa). El límite se corre siempre y no es posible anclarlo nunca. La reiterada situación deliberadamente provocada de que tal “cruzó” a cuál, es la idea de sociedad de los Medios, el “cruzar” es una polémica inducida –entre Moria Casán y Rial, por ejemplo- y luego este arquetipo se verifica en el mismo “cruce” entre políticos, por ejemplo, en la desfachatez cultivada y fina de Lipovetzky y el primitivismo de un macrismo con pocas horas de enteramiento en Chapalmadal, con algún oponente prefabricado, en Intratables, o con una discusión seria pero jamás posible, fuera de la rapidez de una breve intervención aguda y bien puesta, por un Yasky o un Moreau.

En los últimos tiempos se suele escuchar que algunos mencionan el parecido de la campaña de Cristina con lo “exorcismos” y las apologías al desinterés político y las situaciones de proximidad emotiva creadas artificialmente. Desde luego, no compartimos esta idea, que ya  muchos rebatieron oportunamente. Pero como es evidente que hubo una rotación en el predominio de oratorias políticas ante y frente a la historia, donde se alternaban lo demostrativo con lo emotivo, y el contrapunto se establecía con la presencia simultánea del orador y de multitudinarios oyentes (por ejemplo, en el interior de los patios de la casa de gobierno), todos ellos en el mismo espacio tiempo específico del discurso. Al parecer esto ha sido abandonado, no sólo porque no se tiene el gobierno sino porque ahora los alegatos “ante las exigencias de época” parecerían exteriores a la trama interna de los aparatos electrónico-visuales que crean diseminaciones homogéneas. Al parecer las únicas posibles.

No parecería tener vigencia ahora un discurso trasmitido por televisión, sino un discurso que retoma las raíces teatrales de la televisión desde sus vísceras más internas. No obstante, la relación entre ejemplificación con casos dolorosos y el “método” que consagra casos incidentales como arquetipos “platónicos”, tiene un doble sentido. Se puede partir de la exposición de los damnificados (y agregar o no consideraciones específicas desde el oído que escucha, esto es, quien construyó esa posición privilegiada de escucha que no obstante la convierte en una más, sino en la que escucha) o a la inversa, se puede trazar un panorama general de las atmósferas corrosivas del trabajo, la convivencia, la justicia, la educación, etc., y si se opta por ello, hacerse acompañar por los damnificados y quebrantados por las políticas macristas.

Y allí se presentaría una cuestión no poco importante. El modo de expresión del político cuando habla del estropicio social no puede ser neutro y siempre hay un componente de pasión en sus palabras. Esta pasión no es posible organizarla (sin embargo así lo pensaban Gramsci) ni graduarla en estantes fijos, aunque el riesgo es siempre el síndrome televisivo. La televisión nace del llano; no sólo le gusta hacer llorar, en una mímesis mecánica que se dirigiría a la sensibilidad no menos “automática” del espectador, sino que siente que llegó a la igualdad consigo mismo cuando alguien llora en pantalla. En el cine no es igual, puesto que se sabe que es una representación, pero la televisión, alarmantemente sobrecargada de símbolos, todo se presenta como “naturalista”. Por lo tanto, llorar allí resulta cercano a lo ficticio, aunque íntimamente, el sujeto de llanto posea el sentimiento verdadero de su autenticidad.

¿A qué viene todo esto? La campaña de Cristina no es una “duranbabización de izquierda”, por el solo hecho de que allí hay pueblos, gentes, militantes, encarnaduras heterogéneas, de donde sale un dolor compartido, no prefigurado en las cuartillas que el guionista escribe trabajosamente en sus cartujas de la “rosadita publicitaria”. No obstante esa autenticidad del llanto y el consuelo, figuras propias de un sentimiento extendido desde todos los rituales de salvación, hay otra situación que no puede faltar, que es la drasticidad específica de la historia. Esta nunca puede anularse. Pero no es igual un acto público al drama del desposeído en su seno familiar o en su biografía personal. El drama de la historia recorre especialmente a las multitudes y a los políticos, y su evidencia mayor se expresa en las cuerdas oratorias diversas. Estas ni deben dejarse penetrar por un pasionalismo obvio ni deben dejar que éste se ausente de la acción del orador, que hace de sus pasiones un moderada continencia, fórmula pedagógica más añeja, que nunca desaparecerá ante la dependencia mecánica que introdujeron los tiempos y modos de entendimiento regulados por la televisión. (Fantino: “explique fácil profesor, para que la gente entienda”).

No desaparecerá el orador clásico de los siglos anteriores a las eras telecomunicaciones, las redes y el remodelamiento subjetivo por parte de las empresas fusionadas que trabajan con el cautiverio de la conciencia a través de imágenes precatalogadas –no así las imágenes libres-. No desaparecerá porque está en la esencia igualitaria de lo humano. El sentido común clásico se ha convertido en añicos irrecomponibles ante los profesionales del control de los sentimientos, pero no ha desaparecido en su raíz vinculada a la vida de los pueblos antiguos y modernos, ese formidable pragmatismo creador, del cual incluso Gramsci fue un hijo. Pero la política no es un acto mimético con el sentido común. Trabaja con él, es su interior, sus bordes, su contextura utópica y también su exterior. No consiste en “elevarlo”, ni en “tratar de comprenderlo”, sino en interrogarlo simultáneamente desde adentro y desde su copertenencia a él y desde el mínimo de alejamiento que se permita el político para crear una distancia –otra forma del sentido común- que sea atravesable por quienes cayeron presos del otro sentido común, que ya le anulaba el síntoma interno de su propio interrogarse a sí mismo. Por eso una campaña debe tomar el sentido común, redescubrirlo e invocarlo sutilmente y con no menos sutileza ofrecerle otros caminos, es decir, desdoblar el sentido común pétreo –al que nos obligan Fantino o Lanata- por un sentido común con episodios heterogéneos, que no se rinden ante la idea intelectual sino que también la recreen, porque en ese sentido común también hay filosofía. Una campaña de este tenor, está inscrita en la historia de las sociedades, no en los manuales de procedimiento de los expertos en hacer “ganar” o “perder” elecciones. A esos expertos, si realmente existen, se les escapa la tortuga todo el día. La política no puede regularse con la enciclopedia de Diderot o con manuales Lerú. En el acto de Mar del Plata, además de los casos de destierro del vivir digno y aceptable, a la vista, también surgieron voces del público, con opiniones gritadas o lanzadas con desenfado. Era el germen vivo de un acto pedagógico que potencialmente contenía una asamblea o un mitin de comuneros libres.