EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

jueves, 20 de julio de 2017

HASTA LA PROSCRIPCIÓN NO PARAN. Todo aquello posible de derogarse será derogado










Ante semejante propuesta se hace imposible concebir que el colectivo social, de manera masiva, intente comprometerse militando políticamente de manera concreta. Rompe a los ojos que la idea del establishment es descorazonar a la sociedad para que dicho segmento no sufra la intromisión de personas y o proyectos políticos que puedan poner en tela de juicio el orden establecido. Desde la metáfora podemos asumir que los bombardeos de junio del 1955 cayeron nuevamente en diciembre del 2015; por eso no nos puede ni nos debe extrañar que en breve repitan la operación, pero para intentar dar el zarpazo final.

Nuestra historia, como muy bien explicó Tito Cossa hace unos años, demuestra que luego de cada intento inclusivo en pos de desarrollar programas políticos en donde la equidad sea el paradigma arribaron procesos tremendamente reaccionarios. Y esto es bueno que lo ponderen los sectores que se autodefinen como progresistas y populares. Luego del golpe a don Hipólito Yrigoyen no vino Lisandro de la Torre, arribó la década infame; luego del derrocamiento de Perón no llegó el socialismo formal, vino una dictadura y la revolución fusiladora; luego del golpe a Illía no desembarcó la vanguardia, arribó Onganía y el departamento de estado; cuando le tocó el turno a Alfonsín, encalló la segunda década infame de la mano del neoliberalismo. De manera que las violentas lecciones que el establishment anticipa tienen su ineludible correlato político, mensajes que si no sabemos prever y contrarrestar eficazmente obtendrán el mismo éxito del pasado. Y cuando hablo de prever y contrarrestar me refiero a no abandonar los espacios públicos y comunes muy a pesar de que sigan cayendo bombas judiciales.   

Este ataque judicial y mediático del presente, inédito y descarado es un artero bombardeo en contra de la política. El mensaje es tan simple y tan sencillo que el básico y limitado sentido común de la mass media lo absorbe sin ningún intento de defensa. En la actualidad y gracias al goteo mediático se asume como válido que las decisiones políticas de los gobiernos legítimos y legitimados por el voto popular que apuntan a modernizar una sociedad o darle un sentido más equilibrado a la distribución del poder son judicializables per-se, por una fuerza conservadora fáctica, independientemente de la existencia de un delito.

La proscripción, nuestra proscripción política, será una necesaria herramienta para que el programa de restauración pueda desarrollarse sin conflictos. Proscripción en los medios, en los sindicatos, dentro del poder judicial, en el Congreso. Me refiero a la invisibilización. El apellido Kirchner deberá ser enlodado jurídicamente y estigmatizado lo suficiente como para poder justificar sin demasiados argumentos la desaparición de todos los símbolos de la época. Instalar la idea de “un colectivo político criminal” de un “gobierno criminal” implica parte de esa línea.
Y volvemos al principio, en la coyuntura todo lo posible de derogarse será derogado, y eso incluye las verdades, sean ellas las públicas, las publicadas y las jurídicas. La diferencia política es clara. Ninguno de los proscriptores puso en riesgo al establishment dominante, tanto el primer peronismo como los gobiernos kirchneristas, sobre todo los de Cristina Fernández, fueron los únicos que en cierta medida lo hicieron, y eso se debe castigar, cuestión aleccionadora y condicionante de manera tal que en el corto y mediano plazo no vuelva a suceder.




martes, 18 de julio de 2017

Se trata de la lucha entre las armas del poder confidencial y las cicatrices del poder popular.






La Campaña, por Horacio González, para La Tecl@eñe



Fuente:


La campaña de Cristina no es una “duranbabización de izquierda” figurada en los manuales de procedimiento de los expertos en hacer “ganar” o “perder” elecciones, o en el sentido común al que nos obligan Fantino o Lanata. La campaña de Cristina contiene el germen potencialmente vivo de una asamblea o un mitin de comuneros libres.


Una campaña política, conquista y reafirma voluntades, mientras que la campaña militar busca desmontarle a los otros sus nociones de organización y lucha. No hay allí un tercer opinante, los electores, sino que las cosas se resuelven cuando alguna de las fuerzas bélicas ocupa el centro de irradiación del enemigo por la potencia de sus medios técnicos, intelectuales y beligerantes.

Sabemos las diferencias, pero no perdamos de vista los parecidos. En una campaña, todo es significativo, gestos desapercibidos cobran singular relieve y cálculos mayúsculos pueden pasar sin interés para la crónica. Se le habla al pueblo de la nación a fin de atraer su atención, por lo tanto es un tipo de mensaje que recubre de importancia al interlocutor, el candidato saluda con más atención y hay que detenerse ante cualquier pregunta callejera, a diferencia de un jefe de Estado, un gran Sindicalista o un Canciller, que aunque puede hacerlo, no tiene en general tiempo para eso. Por eso una campaña es un vasto teatro donde el candidato está a la intemperie, todos los elementos que aparecen ante su vista se mueven a su paso o lo sensibilizan. No tiene guardaespaldas o si los tiene no están en primer plano, con lo que una campaña es también un tipo de Estado, pronuncia una forma de poder y decisión, sobreentendiendo que si ésta tiene ámbitos cerrados o exclusivos, la campaña ayuda a pensarlos por el envés.

Si se trata de poderes confidenciales la campaña ayuda a pensarlos con mayor amenidad, y se configuran también más porosos. Y así, si se entiende que el ejercicio del poder podría excluir una porción importante de la palabra pública, ésta después podrá apreciarse si se eclipsa o se muestra rozagante durante la campaña –a cielo abierto-. Pues no hay poder sin campaña ni campaña si una idea de poder. Entonces, la campaña prefigura, adelanta, permite visualizar cómo sería una orden o una decisión grave futura. Sin que nadie necesite decirlo, la campaña anticipa los estilos con los cuales, si el candidato sale elegido, ejercerá sus oficios.
Es sin duda el reino de la promesa. Mejor dicho, el arte de la promesa. Nadie pide contratos electorales; esta expresión es nueva debido a las notorias distancias que estableció Macri entro lo “dicho” y lo que está haciendo. Sabemos que la política es la movilidad de las decisiones en incesantes escenas moduladas en sus diferencias, pero esto ocurre siempre bajo explicaciones pertinentes y críticas al actuar propio. Una elección en las sociedades masivas, mediatizadas y metropolitanizadas, no puede restringirse a un contrato ni puede desentenderse del valor de las promesas. Es cierto, que algo hay de contrato, pero tiene de contrato lo que le permite la promesa y de promesa, lo que le permite el contrato. Por eso la acusación habitual al macrismo de que rompió el contrato electoral, es justa y comprensible, por lo desmesurado de una experiencia política que se lanzaba a una aventura con cálculos previos sobre la distancia entre lo que sabía que decía y lo que sabía que haría. En ese sentido, es lo más grave que ha ocurrido en la historia de todas las campañas políticas argentinas y anuncia un nuevo tipo de político fantochesco o rocambolesco (incluso en su actitud de bailar como un muñeco desarticulado o el remedo de un pato deforme o aturdido en el propio balcón de la casa Rosada). Sería un político de estructura extremadamente simple: una máscara y un despojarse de la máscara. Dos movimientos vinculados a la vida de las marionetas; mucho más temible cuando despojado del embozo, el rostro crispado muestra su temible verdad.

Ya sea porque el candidato macrista no posee las facultades de la oratoria, sino de una prédica primitiva, paternalista y ofensiva (siempre atemorizadora; su sonrisa es cruel, como mínimo sobradora), ya sea porque las asesorías del caso privilegiaron las imágenes llamadas de “proximidad” por sobre el discurso “dicho a los vientos”, es decir a las multitudes, a la historia o al horizonte utópico que posee toda sociedad, se ha girado hacia un tipo de enunciado basado en arquetipos vacíos, meramente escénicos, que luego se multiplican en “red”. Son ejemplos vastamente conocidos el timbreo, las fotos donde “no se lo sorprenda hablando sino siempre escuchando”, la cercanía con la “gente”, donde el acontecimiento semeja a una reunión de amigos, las referencias cachadoras al fútbol, hechas en reuniones internacionales (como si ninguna otra cosa importara, sólo la camaradería de los hinchas de fútbol, “amigos fingidos en la chistosa incompatibilidad”). Lo cierto es que las experiencias políticas de este tipo, ficticiamente “despolitizadoras” y trazando una línea de abyección contra el “pasado”, además de invocar la “izquierda” en el sentido de fin de las ideologías. Llamándose entonces izquierda al acto de invocar “millenials" –o sea baratijas y mitologemas de periodistas detrás de su bestseller-, conceptos reducidos al uso legendario y absorbente de las redes y todos sus sistemas de control de tendencias de consumo, lo que es un fenómeno que ni deja de reiterar motivos ultra conocidos ni  pierde interés para su estudio etnográfico (como “Adolescencia y Sexo en Samoa”, de Margaret Mead, complejo monumento al relativismo cultural que hoy debilitaría hasta el sarcasmo estas nociones periodísticas sobre los nuevos adolecentes). Nociones periodísticas y electorales, que se traducen en la angustiosa pregunta de los políticos  ¿Qué pasa con los jóvenes?

Los medios de comunicación, ignorantes en cualquier tipo de filosofía a que fuese, han  consagrado la idea de proximidad, actuación, guerra de palabras, modelos de conflicto, creación de conceptos, como el notorio, amenazante y pendenciero de “grieta”, etc. No puede pedírseles que invoquen a Emmanuel Levinas –la alteridad del otro vista en su rostro cercano e infinito-, pero algo hacen los medios: creando una falsa intimidad, anulan falsamente toda lejanía real. En los medios sólo hay destierro, exterioridad, extrañamiento. Pero siempre se apela a una actuación de la proximidad. En cierto programa que se burla de los que concurren llamándolos “intratables”, todos hacen sus papeles, donde la creencia íntima que los sostendría ya no actúa en la creación de situaciones  discursivas sino de roles guionados. El propósito es demoler al gobierno anterior, pero alguien hace de “kirchnerista” y otros “invitados” pueden o no desarrollar un tema en medio de la baraúnda deliberada del programa. Pero predomina la conversión de la política en una teatralidad deforme, que alcanza incluso a los que auténticamente allí despliegan algún razonamiento sostenido en andamios de sensatez. Reina una falsa intimidad, tomada de modelos anteriores de la televisión (a pesar de sus ostensibles diferencias), desde Polémica en el Bar hasta 6,7,8, del cual extraen no pocas nociones respecto a énfasis y ridiculización  de situaciones. La tecnología de la televisión cruza todas las fronteras.

Por eso,  queda como metodología de la enunciación social la idea del sufrimiento directo, o de la exhibición directa del sufrir, de la pérdida personal o de la polémica (verdadera o falsa). El límite se corre siempre y no es posible anclarlo nunca. La reiterada situación deliberadamente provocada de que tal “cruzó” a cuál, es la idea de sociedad de los Medios, el “cruzar” es una polémica inducida –entre Moria Casán y Rial, por ejemplo- y luego este arquetipo se verifica en el mismo “cruce” entre políticos, por ejemplo, en la desfachatez cultivada y fina de Lipovetzky y el primitivismo de un macrismo con pocas horas de enteramiento en Chapalmadal, con algún oponente prefabricado, en Intratables, o con una discusión seria pero jamás posible, fuera de la rapidez de una breve intervención aguda y bien puesta, por un Yasky o un Moreau.

En los últimos tiempos se suele escuchar que algunos mencionan el parecido de la campaña de Cristina con lo “exorcismos” y las apologías al desinterés político y las situaciones de proximidad emotiva creadas artificialmente. Desde luego, no compartimos esta idea, que ya  muchos rebatieron oportunamente. Pero como es evidente que hubo una rotación en el predominio de oratorias políticas ante y frente a la historia, donde se alternaban lo demostrativo con lo emotivo, y el contrapunto se establecía con la presencia simultánea del orador y de multitudinarios oyentes (por ejemplo, en el interior de los patios de la casa de gobierno), todos ellos en el mismo espacio tiempo específico del discurso. Al parecer esto ha sido abandonado, no sólo porque no se tiene el gobierno sino porque ahora los alegatos “ante las exigencias de época” parecerían exteriores a la trama interna de los aparatos electrónico-visuales que crean diseminaciones homogéneas. Al parecer las únicas posibles.

No parecería tener vigencia ahora un discurso trasmitido por televisión, sino un discurso que retoma las raíces teatrales de la televisión desde sus vísceras más internas. No obstante, la relación entre ejemplificación con casos dolorosos y el “método” que consagra casos incidentales como arquetipos “platónicos”, tiene un doble sentido. Se puede partir de la exposición de los damnificados (y agregar o no consideraciones específicas desde el oído que escucha, esto es, quien construyó esa posición privilegiada de escucha que no obstante la convierte en una más, sino en la que escucha) o a la inversa, se puede trazar un panorama general de las atmósferas corrosivas del trabajo, la convivencia, la justicia, la educación, etc., y si se opta por ello, hacerse acompañar por los damnificados y quebrantados por las políticas macristas.

Y allí se presentaría una cuestión no poco importante. El modo de expresión del político cuando habla del estropicio social no puede ser neutro y siempre hay un componente de pasión en sus palabras. Esta pasión no es posible organizarla (sin embargo así lo pensaban Gramsci) ni graduarla en estantes fijos, aunque el riesgo es siempre el síndrome televisivo. La televisión nace del llano; no sólo le gusta hacer llorar, en una mímesis mecánica que se dirigiría a la sensibilidad no menos “automática” del espectador, sino que siente que llegó a la igualdad consigo mismo cuando alguien llora en pantalla. En el cine no es igual, puesto que se sabe que es una representación, pero la televisión, alarmantemente sobrecargada de símbolos, todo se presenta como “naturalista”. Por lo tanto, llorar allí resulta cercano a lo ficticio, aunque íntimamente, el sujeto de llanto posea el sentimiento verdadero de su autenticidad.

¿A qué viene todo esto? La campaña de Cristina no es una “duranbabización de izquierda”, por el solo hecho de que allí hay pueblos, gentes, militantes, encarnaduras heterogéneas, de donde sale un dolor compartido, no prefigurado en las cuartillas que el guionista escribe trabajosamente en sus cartujas de la “rosadita publicitaria”. No obstante esa autenticidad del llanto y el consuelo, figuras propias de un sentimiento extendido desde todos los rituales de salvación, hay otra situación que no puede faltar, que es la drasticidad específica de la historia. Esta nunca puede anularse. Pero no es igual un acto público al drama del desposeído en su seno familiar o en su biografía personal. El drama de la historia recorre especialmente a las multitudes y a los políticos, y su evidencia mayor se expresa en las cuerdas oratorias diversas. Estas ni deben dejarse penetrar por un pasionalismo obvio ni deben dejar que éste se ausente de la acción del orador, que hace de sus pasiones un moderada continencia, fórmula pedagógica más añeja, que nunca desaparecerá ante la dependencia mecánica que introdujeron los tiempos y modos de entendimiento regulados por la televisión. (Fantino: “explique fácil profesor, para que la gente entienda”).

No desaparecerá el orador clásico de los siglos anteriores a las eras telecomunicaciones, las redes y el remodelamiento subjetivo por parte de las empresas fusionadas que trabajan con el cautiverio de la conciencia a través de imágenes precatalogadas –no así las imágenes libres-. No desaparecerá porque está en la esencia igualitaria de lo humano. El sentido común clásico se ha convertido en añicos irrecomponibles ante los profesionales del control de los sentimientos, pero no ha desaparecido en su raíz vinculada a la vida de los pueblos antiguos y modernos, ese formidable pragmatismo creador, del cual incluso Gramsci fue un hijo. Pero la política no es un acto mimético con el sentido común. Trabaja con él, es su interior, sus bordes, su contextura utópica y también su exterior. No consiste en “elevarlo”, ni en “tratar de comprenderlo”, sino en interrogarlo simultáneamente desde adentro y desde su copertenencia a él y desde el mínimo de alejamiento que se permita el político para crear una distancia –otra forma del sentido común- que sea atravesable por quienes cayeron presos del otro sentido común, que ya le anulaba el síntoma interno de su propio interrogarse a sí mismo. Por eso una campaña debe tomar el sentido común, redescubrirlo e invocarlo sutilmente y con no menos sutileza ofrecerle otros caminos, es decir, desdoblar el sentido común pétreo –al que nos obligan Fantino o Lanata- por un sentido común con episodios heterogéneos, que no se rinden ante la idea intelectual sino que también la recreen, porque en ese sentido común también hay filosofía. Una campaña de este tenor, está inscrita en la historia de las sociedades, no en los manuales de procedimiento de los expertos en hacer “ganar” o “perder” elecciones. A esos expertos, si realmente existen, se les escapa la tortuga todo el día. La política no puede regularse con la enciclopedia de Diderot o con manuales Lerú. En el acto de Mar del Plata, además de los casos de destierro del vivir digno y aceptable, a la vista, también surgieron voces del público, con opiniones gritadas o lanzadas con desenfado. Era el germen vivo de un acto pedagógico que potencialmente contenía una asamblea o un mitin de comuneros libres.







lunes, 17 de julio de 2017

Martínez: Sin riesgo, dar la vida es cotillón.. y no hay riesgo, a nadie le importa tener tu vida..





Mirtha y muchos otros a los cuales se los puede ver, leer y escuchar en los medios dominantes darían la vida para que no vuelva el kirchnerismo. Típico de burgués: dar a modo de altruista donación y sin riesgo lo que a nadie le importa recibir, lo que le sobra, lo que ya no tiene ningún tipo de valor más que para un minoritario, directo y selecto grupo hereditario. Ante la pregunta del hombre rata, pokemón de abortada evolución, con relación a cuales cree que son las razones de tanta adhesión a esa idea política; la dama que es capaz de entregarle a la sociedad sus más de noventa años entre cipayos y serviles, entre desaparecedores - ahora los convoca nuevamente en contra de La Cámpora – juntas militares que festejan mundiales y millones, manifiesta que es por causa del fanatismo. Un fanatismo lábil al lado del suyo, ya que por lo menos esos fervorosos adherentes aún tienen esperanzas en los comicios y en la democracia y no se les ocurre para nada dar la vida para evitar que triunfe una idea adversaria, por más nefasta que sea, cuestión que la realidad exhibe a diario. Dar la vida no es otra cosa que disponerse a morir o disponerse a matar, y todos sabemos que esta señora, como tantos otros, adhirieron a las matanzas de sus aliados de clase, los dictadores setentistas y los gestores noventistas, pero nunca mancharon sus manos de sangre, para eso estaban los que se dedicaban a matar y a morir, ella solamente les preparaba el almuerzo. Y me hizo recordar a ese tipo que al escuchar por la radio de su auto que había un loco circulando a contramano por Av. Libertador se dijo para sí, pues son miles, son miles... Hay personas que no se las puede tomar seriamente, es un despropósito intentarlo, acaso lo que más indigne es que a tamaña llanura intelectual y argumentativa, excelsa de un fanatismo procaz y menesteroso, ausente de quijotismo y vergonzante, un fanatismo que hasta ignora poseer, le haya ido tan bien y sea considerada un elemento exitoso: y quizás uno se deba detener y observar que tal resultante sea lógica dentro de una sociedad en donde la pobreza intelectual está exhibiendo sus mejores cuadros de la mano de este "inhumanismo" socioeconómico dominante.

sábado, 15 de julio de 2017

Los arsenales y el régimen Por Mario de Casas para La Tecl@ Eñe...








La quita de pensiones a personas con discapacidad y las brutales represiones a integrantes del Frente por el Trabajo y la Dignidad Milagro Sala y a los trabajadores de PepsiCo revelan el carácter autoritario del Régimen, afirma Mario de Casas en este artículo. Ante la gravedad de los hechos se impone el imperativo político que formuló Cristina el último 25 de mayo: “Hay que construir la unidad para poner límites al ajuste”


Por Mario de Casas, Ingeniero civil. Diplomado en Economía Política, con Mención en Economía Regional, FLACSO Argentina – UNCuyo. FpV


La impresionante concurrencia de masas que se dio cita en el estadio de Arsenal, la quita de pensiones a personas con discapacidad y las brutales represiones a integrantes del Frente por el Trabajo y la Dignidad Milagro Sala en la avenida 9 de julio y a los trabajadores de PepsiCo, son expresiones genuinas del dilema sociopolítico que protagoniza el país.

En el estadio se consumó un hecho político revelador de que si el odio a Cristina como persona se ha cultivado e inducido sin descanso, no ha sido por razones baladíes. Cristina es el símbolo que congrega la resistencia al Régimen, no sólo ahora sino desde que asumió su primera Presidencia. En el espacio público, ella es un factor de desarrollo de la conciencia política de los sectores populares; en cambio, considerada al margen de las masas que la siguen no sería motivo de alarma, y la histeria que despierta en las huestes oligárquicas perdería la base de sustentación que la mantiene y exacerba.

Generalizando el razonamiento, cabe afirmar que los kirchneristas no son el blanco de la hostilidad, es el kirchnerismo. Como ciudadanos dispersos no somos un problema. Lo preocupante es que actuemos como fuerza organizada y cohesionada -de ahí los esfuerzos por dividirnos-; y que kirchnerismo y antikirchnerismo sean, en esta etapa, una forma imperfecta pero posible de manifestación de la lucha de clases. Por eso los predicadores que vociferan “hay que cerrar la grieta” nos quieren sometidos, no como somos, sino como seríamos si renegásemos de nuestras convicciones.

El instinto de conservación de la oligarquía es la mejor guía para caracterizar al kirchnerismo: no lo juzga según los disfraces teóricos que ella misma le atribuye, como cuando habla de “populismo”, sino por lo que realmente es: una amenaza tangible a sus privilegios, una expresión transformadora concreta. Así, ante la vigencia y fortaleza del liderazgo de Cristina, la actitud del Régimen nos ubicó en el rol que objetivamente cumplimos.

La prueba más contundente es que quienes encabezan los aparatos satélites, condicionaron sus candidaturas a la de Cristina, alguno hasta incurrió en el sincericidio de explicar que es candidato sólo “para frenar a Cristina”. Conforman un pseudopluripartidismo, una unidad no una variedad. Por encima de diferencias insignificantes, todos coinciden en la doctrina del antipopulismo -aunque no sepan qué es el populismo-. Se entiende: “antipopulismo” es en realidad la ideología común implantada en este momento histórico por el imperialismo en su pretendida jurisdicción regional para ahogar los movimientos nacional-populares. Es decir que “populismo” -como estigmatización- cumple hoy en nuestra América la misma función que cumplió el término “comunismo” durante la guerra fría: atacar a todo movimiento que ponga en peligro los intereses de la explotación interna y del saqueo neocolonial; aquí y ahora, ese movimiento se llama kirchnerismo.

Por otra parte, la quita de pensiones -que el cinismo oficial presentó como un acto de buena administración- y las represiones en la 9 de julio y PepsiCo -incluida la grave hipótesis que las vincula con especulaciones electorales de la alianza Cambiemos- son hechos de violencia pura y dura que nos han permitido ver al Régimen desnudo, sin sus mistificaciones. El país entero pudo verlo tal cual es, violento por naturaleza, despejado el follaje de los buenos modales, de la juridicidad que le pertenece o de las palabras que en su discurso son cáscaras vacías, como libertad, república o democracia: los derechos y garantías que en teoría nos corresponden a todos y todas han quedado reducidos a patrimonio de una minoría; las instituciones han revelado su contenido clasista, es decir, ya no son otra cosa que formas cristalizadas del privilegio.

Los hechos esclarecen el sentido profundo del imperativo político que formuló Cristina el último 25 de mayo: “Hay que construir la unidad para poner límites al ajuste”. Primer paso para recuperar lo perdido y profundizar las transformaciones, la única unidad que más temprano que tarde integrará una mayoría.







jueves, 13 de julio de 2017

La grieta no está en la inclusión, la grieta está en la equidad... La equidad tiene enemigos políticos muy poderosos que la inclusión no tiene...





Por el año 2012, y aún sin permitirnos darnos cuenta de este posible y nefasto presente afirmábamos que una comunidad solidaria no ve a la caridad como norma, no la necesita, debido a que la equidad está naturalizada. Una comunidad solidaria entiende que el aporte colectivo hace al bien común de todos sus habitantes y trabaja a favor de que nada quede sujeto al azar. Una sociedad solidaria no pone delante a la propiedad privada como motor de sus desvelos, privilegia a la propiedad social para que todos sus componentes sin excepción puedan gozar de una vida digna, plena de derechos y responsable de sus obligaciones. Justamente y por el contrario lo que hace una sociedad caritativa es dejar de lado por un rato los principios individualistas ante dilemas límite, colabora buenamente basándose en un deber social, para luego retomar sus vicios cuando la calma vuelve. La caridad como acto inclusivo sigue siendo un evento particular insertado dentro de un contexto eminentemente voluntarista y privado, sigue constituyendo un resorte individual, caótico.
Por lo cual podemos inferir y concluir sin ningún tipo de eufemismo que el problema del humanismo de la civilización moderna no es la inclusión sino la equidad. 

Todos estamos más o menos de acuerdo en función de nuestra formación y convicciones sobre los derechos inalienables que tiene una persona al nacer, es decir son derechos inclusivos que están en todas las constituciones, documentos y cartas de internacionales, tanto continentales como universales. Pero hete aquí que eso no implica en absoluto que tal concepto incluya la equidad como valor a sostener, porque este mérito deviene de un orden que es necesario organizar desde la idea política y su campo de acción, la sociedad.

Y es allí en donde nos topamos con ese fenómeno tan despiadado que promueve la lucha interna que estamos viviendo en estos momentos: el egoísmo montado sobre el caballo de la competitividad que propone el sistema para sobrevivir, inciso en las que ingresan todas las armas posibles de ser utilizadas por el hombre común. Según afirma Jean Grave el hombre es egoísta, puesto que sólo obra movido por los sentimientos del interés individual más puro. Si la sociedad no le deja la facultad de guardar para sí lo que podría procurarse por medio de su trabajo, de acumularlo y legarlo a quien mejor le plazca, se rompe el resorte motor de toda iniciativa, de todo trabajo. El día que los individuos dejen de tener la posibilidad de atesorar, ya no trabajarán más, ya no habrá más sociedad, más progreso, nada, en fin. El individuo, por el mero hecho de su existencia, tiene el derecho de vivir, de desarrollarse y de evolucionar. Los privilegiados pueden recusarle este derecho, limitárselo, pero cuanto más llega a ser el individuo consciente de sí mismo, cuanto más sabe usar de su derecho, tanto más se resiste al freno que se le ha impuesto. El individuo tiene derecho a satisfacer todas sus necesidades, a la expansión de toda su individualidad, pero puesto que no está solo en la tierra y que el derecho del recién llegado es tan imprescriptible como el del que llegó primero, es evidente que sólo había dos soluciones para que estos derechos diversos se ejercieran: ¡la guerra, o la asociación!
Un sistema equitativo, igualitario, quita de plano a la caridad individual de la escena, en consecuencia muchas instituciones intermedias o religiosas dejarían de ostentar  sentido político para pasar a tener sentido meramente espiritual dentro de la individualidad del sujeto, vale decir, se atomizaría su poder.
La equidad tiene enemigos políticos muy poderosos que la inclusión no tiene por eso no nos puede llamar la atención que cuando, desde el sistema capitalista, se desarrollan análisis sobre la temática dichos términos se hayan escindidos y se encuentren fuera de toda complementariedad. La equidad distribuye los frutos del árbol de manera que no habrá demanda ociosa ni comercial, en consecuencia la acumulación no tendría sentido social ni económico. Pero en el presente los frutos de ese árbol distribuidos caóticamente y por la fuerza son insumos negociables por un “don” que se reserva para sí arrojarle uno de ellos al pasajero andrajoso, “Credo” mediante. 


Para finalizar vuelvo a Jean Grave: El hombre es un animal perfectible que tiene defectos, pero también cualidades; organicen un estado social que le permita el uso de estas cualidades, moderen sus defectos o hagan que su ejecución acarree su propio castigo. Procuren sobre todo que este estado social no tolere instituciones donde estos defectos puedan encontrar armas para oprimir a los demás, y verán a los hombres cómo sabrán ayudarse mutuamente sin fuerza coercitiva.

Sin adjetivos, discutir y aprender de los errores. Políticamente, Randazzo puede ser un “boludo”, pero de ahí el trayecto hasta “traidor” es considerable. Por Alberto Nadra (para La Tecl@ Eñe)






Por Alberto Nadra, Político, escritor y periodista para La Tecl@ Eñe



Ustedes saben, no me preocupa ser “políticamente correcto”, ni adecuarme al sentir mayoritario de los que tienen poder, estén o no en el gobierno, pues jamás busqué beneficios personales, sino la grandeza de la Patria y el bienestar de nuestro pueblo.

Por eso, cuando –a veces como reacción a tanta infamia de los monopolios mediático judiciales, otras por simple anteojeras-- es tan fácil estigmatizar o alinearse como campeones desde posiciones de “purismo”, las más de las veces contradictorias, escribo al correr de la máquina, como es mi costumbre, tanto si me “conviene”, como si no.

A ver compañeros, tratemos de aclarar los tantos.

No soy tan ambicioso para pretender ponernos completamente de acuerdo en estos tiempos complejos, que de todas maneras no lo son más que los que nos tocaron vivir conscientemente a los que llevamos algunos años militando, o sufrir a los que suponen que no se meten en política. Pero razonemos, charlemos sin agresión, tratemos de pensar para buscar los mejores caminos.

Políticamente, Randazzo puede ser un “boludo”, pero de ahí el trayecto hasta “traidor” es considerable.

Aclaro que todo lo dicho y lo por decir es con un fuerte y fraternal espíritu frentista, puesto que como marxista “atemporal”, si tal cosa existiera, me resultaría cómodo eludir lo principal de la accesorio en una etapa y decir, por ejemplo, que no deposito muchas esperanzas en ningún dirigente ni dirigenta de la burguesía, que considere al capitalismo, aún en sus variantes menos “perniciosas”, como su aspiración de máxima, crea que puede ser mejorado con buena voluntad a favor de los trabajadores, y actúa, legisla y gobierna en consecuencia.

No es el caso, y procesos que por comodidad llamamos “populistas”, pese a lo polémico del término, han demostrado cuanto bien se puede hacer al pueblo, sin encarar un rumbo decididamente anticapitalista, aunque uno esté convencido que solo ese camino llevaría a tornar más sólidas las conquistas. Digo sólidas, porque “irreversible”, adjetivo derivado del pujante positivismo del siglo XIX,  que suponía la inevitabilidad del progreso, incluido el social, se ha comprobado una utopía desgarradora, paralizante, y en casos fatal.
¿No es acaso por reacción y rechazo a la desigualdad, la miseria y el dolor de los nuestros, con el sueño de una sociedad mejor, no como un fin en sí mismo sino para cambiar esta realidad, que nos hicimos marxistas, peronistas revolucionarios, radicales yrigoyenistas, cada uno con su enfoque, su propuesta y su camino?

Según el razonamiento de algunos compañeros Randazzo es un traidor por su tozuda pretensión, tal vez justa en un principio, que sin dudas perjudicará en un porcentaje que ignoro, la candidatura de Cristina Fernández, UNICA CANDIDATURA QUE PUEDE GOLPER CON EFICACIA AL MACRISMO.

Por lo tanto, debería profundizar (y adelanto NO es el momento, al menos para regocijo de los monopolios mediáticos) en preguntarnos por qué CFK --que hoy personalmente apoyo sin vacilaciones-- PUSO UN TRAIDOR AL FRENTE DE UN MINISTERIO DURANTE OCHO AÑOS, concretamente sus dos mandatos.

Y si encaramos por ese camino debo recordar que Alberto Fernández fue el Jefe de Gabinete de CFK, al igual que Sergio Massa y Juan Manuel Abal Medina; que Graciela Ocaña estuvo al frente del PAMI con Néstor y con ella de la vital  cartera de Salud (insalubre, dengue por medio), Martín Lousteau en Economía, y que puso A DEDO la mayoría de los candidatos que ahora condena (y condenamos) pues violaron su mandato a las semanas de ser elegidos en las listas del FPV para enfrentar la restauración conservadora.

Como hay algunos iluminados que pretenden, para atacar a Cristina con éste y otros argumentos, vendernos la INFALIBLE  “MUÑECA” POLÍTICA DE NÉSTOR, que sin duda “muñeca” tenía, y del que me enorgullezco haber sido no amigo, pero si compañero de algunas largas charlas, recuerdo que entre los ministros destacados del recordado “flaco” figuraron Roberto Lavagna, José Pampuro, Gustavo Beliz, Horacio Rosatti (el del 2x1 en la Corte, recuerdo), el mismísimo Alberto Fernández como Jefe de Gabinete, y joyitas como Alfonso Prat Gay y Martin Redrado como titulares del Banco Central.

Compañeros, no jodamos con los pases de facturas personales, o pasar de la obsecuencia a la crítica total. Vamos al fondo de la cuestión y discutamos lo que no se hizo (encarar la renta financiera, pesquera, petrolera, minera, y no convertir en ley conquistas que hoy pueden ser revisadas mediante un simple decreto, para citar solo algunas de mayor importancia), lo que se hizo mal (abandonar la idea de “transversalidad” o de un frente nacional  amplio, con protagonismo de todas las fuerzas que fueron conformando el movimiento nacional y popular, dándoles el espacio y la oportunidad para que construyan CONJUNTAMENTE poder popular en el territorio y en cada espacio laboral, productivo, estudiantil).

Se trata DE DISCUTIR Y APRENDER DE LOS ERRORES (los dirigentes en primer lugar), no ignorarlos, y menos repetirlos,  para ahora encarar la PRINCIPAL TAREA DE LA HORA: SUPERAR AL MACRISMO EN LAS PASO DE AGOSTO con particular atención en la figura/símbolo de CFK en la provincia, y DERROTARLO EN OCTUBRE, a lo largo y ancho de país.


martes, 11 de julio de 2017

Veníamos mal con la cuestión minero-ambiental, pero el neoliberalismo logra que siempre se pueda estar, no peor... sino mucho peor...



Argentina: un acuerdo de espaldas a la sociedad

Maristella Svampa,  Socióloga y escritora, profesora de la UNLP, Investigadora Principal del Conicet y miembro de Plataforma 2012 y Enrique Viale, Presidente de la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas, para  Revista Sin Permiso



Son notorias y muy alarmantes las modificaciones que introduce el reciente Acuerdo Federal Minero firmado entre el Presidente de la Nación y 14 gobernadores. Detrás de una fachada discursiva que propone una mejor gestión del ambiente, este acuerdo en realidad dispone todo lo contrario. El mismo busca consolidar un modelo minero netamente extractivista, ideado en la década de los noventa, a expensas de la Naturaleza, los territorios y los derechos de las comunidades locales.
Hace tiempo que la Cámara Argentina de Empresarios Mineros (CAEM), conformada por las grandes transnacionales del sector, viene realizando un poderoso lobby que, por un lado, apunta a profundizar el generoso marco jurídico y económico que beneficia la actividad; por otro lado, desconoce y pasa por encima de la normativa ambiental provincial y nacional, gestada en la última década al calor de las luchas socioambientales. En efecto, este Acuerdo tiene la tarea de atacar los escollos que, desde la óptica de la CAEM, vienen a “ensombrecer” el despliegue de la actividad.
Así, ante la evidente ausencia de Licencia social (siete provincias sancionaron leyes que prohíben la actividad, como consecuencia de las movilizaciones populares), el acuerdo obliga a incorporar propaganda minera en la currícula de las escuelas primarias, secundarias y terciarios. En otras palabras, los departamentos de marketing de las grandes empresas mineras tendrán el ingreso asegurado a las escuelas públicas de todo el país.
El Acuerdo desconoce también la vigencia de la Ley Nacional de Glaciares pues pretender autorizar la actividad en zonas prohibidas, con supuestos “cuidados ambientales”. Esto constituye una grosera violación de la ley que es clara y contundente al respecto; esto es, no permite bajo ninguna modalidad la explotación minera en glaciares y zona periglaciar.
Además de consolidar el tope de regalías provinciales del 3%, impuesto en los ´90, el acuerdo arremete contra las empresas provinciales mineras, cuyo objetivo era capturar algo más de renta, un punto que la CAEM venía cuestionando hace tiempo. El Acuerdo prácticamente aniquila la posibilidad de creación de este tipo de empresas públicas. Por último, el Acuerdo se arroga el derecho de definir “la participación ciudadana”, ítem que está lejos de ser precisado. No se menciona la consulta previa, libre e informada a pueblos indígenas (una normativa internacional incluida en la Constitución nacional y constituciones provinciales), como tampoco aquellos dispositivos constitucionales ligados a la democracia participativa, que exigen numerosas comunidades locales.
Que la realidad es más controversial y compleja que los discursos engañosos del lobby minero lo demuestra el hecho de que, a diferencia del Acuerdo de 1993, firmado por todas las provincias, éste sólo es suscripto por 14, con la ausencia de importantes jurisdicciones como Chubut, La Rioja o San Luis. Recordemos que fue en Esquel (Chubut) donde nació la lucha contra la megaminería en Argentina a principios de siglo XXI, que luego se propagó a otras provincias y en 2012 tuvo en el levantamiento de Famatina (La Rioja) una de sus expresiones más emblemáticas. Graves accidentes como los de la Barrick Gold en la mina Veladero (antes considerada como “el modelo”, impulsado por la provincia de San Juan), pusieron en evidencia el carácter insustentable de este tipo de minería.
Por otro lado, hay que preguntarse qué posición adoptarán Mendoza y Córdoba, dos provincias que cuentan con comunidades académicas concientizadas e importantes movimientos socioambientales, y donde las leyes de prohibición de la megaminería fueron reconfirmadas por los respectivos Tribunales Superiores de Justicia, después de un largo período de judicialización, promovido por sectores promineros.
En suma, dicho Acuerdo no solo se firma sin participación alguna de la sociedad civil. Pretende además instalarse en la realidad de las provincias como si éstas fueran territorios ausentes de conflictos y no existieran normativas que prohíben ciertas actividades extractivas en pos del cuidado del ambiente. La lupa está puesta ahora en el Congreso Nacional y las legislaturas provinciales, quienes tienen la potestad de rechazar legislativamente dicho Acuerdo.

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lunes, 10 de julio de 2017

¿“El Capital” sólo para los días de fiesta? Rolando Astarita, Profesor de economía de la Universidad de Buenos Aires, para Revista Sin Permiso




En el Programa de Transición Trotsky dijo que la socialdemocracia solo hablaba del socialismo en los días de fiesta. Aunque seguramente se refería al ala derecha de la Segunda Internacional -¿alguien puede decir que Rosa Luxemburgo, Lenin o Liebknecht hablaban de socialismo solo los días de fiesta?-, la frase hoy se aplica a partidos políticos que se llaman a sí mismos socialistas, pero solo hablan de las cuestiones fundamentales del socialismo en los Primero de mayo.
Pues bien, a la vista de las reacciones que ha provocado mi último post –“La lucha por las ocho horas de trabajo y la tradición socialista”, aquí– debería agregar que también existen los defensores de “El Capital para los días de fiesta”

En otros términos, el texto de Marx sería apropiado para los aniversarios (como fue por estos días la conmemoración de los 150 años de su primera edición), pero no para la lucha política e ideológica cotidiana.
Para ver por qué, recordemos lo que dije en ese post. Afirmé que el socialismo, orientado por Marx o Engels, consideraba que la lucha por la reducción de la jornada de trabajo era una importante consigna reformista, destinada a mejorar las condiciones de la clase obrera en su lucha por el socialismo. Aclaré que, sin embargo, no la consideraban una panacea, a diferencia de lo que hacían los reformistas. Dije también que Marx o Engels jamás sugirieron que reduciendo la jornada de trabajo pudiera acabarse la desocupación. Y expliqué que el desempleo se recrea en el capitalismo por dos vías principales, la introducción de la máquina, y las crisis periódicas.
Estas ideas están en la obra de Marx, pero han provocado rechazo entre personas que se dicen partidarias de las ideas de Marx. Aunque no dicen que las mismas estén equivocadas. ¿Por qué rechazan la nota entonces? Pues porque no quieren reconocer públicamente que en tanto haya capitalismo no hay forma de acabar con la desocupación. Y no quieren reconocerlo porque si lo hicieran, entrarían en contradicción lógica con la propaganda electoral “vende humo” (acabar con la desocupación disminuyendo la jornada laboral y repartiendo el trabajo) en la que están embarcados. En definitiva, para esta gente El Capital sería un texto para honrar en los días de fiesta; o para quedar muy bien en alguna mesa de debate en la Facultad de Ciencias Sociales. Pero no sería apto para la clase obrera. O en todo caso, su difusión entre las masas sería perjudicial para su “elevada táctica política”. Algo así como “las tesis de El Capital deprimen nuestras posibilidades de conseguir votos”.
Mi postura es la opuesta. Sostengo que El Capital es un texto para la lucha obrera y que Marx lo escribió para que lo leyeran los trabajadores. Como explicaba en carta a Becker (17 de abril de 1867), estaba convencido de que era “el más temible misil que jamás se haya lanzado contra las cabezas de la burguesía”. Y pensaba también -véase la Crítica al programa de Gotha– que la actividad socialista debería poseer ese sólido cimiento. Como ejemplo de este criterio, recordemos a Engels, en carta a Meyer del 18 de octubre de 1867, cuando decía: “Espero que usted pueda llamar la atención de la prensa americana y alemana y de los trabajadores al libro de Marx. Con la agitación por las ocho horas ahora en progreso, este libro con su capítulo sobre la jornada de trabajo viene justo en el momento correcto y también es apto para traer alguna claridad en muchos aspectos. Usted hará un gran servicio al futuro del partido en América con cada paso que tome para lograr esto”.
A ver si nos entendemos: según Engels, El Capital era importante para la lucha por las ocho horas (una lucha reformista). Es que proporcionaba una fundamentación teórica del significado de ese combate, y de sus límites. No era un texto sólo para recitar y quedar bien ante un grupo de entendidos, sino arma de combate. 
Pues bien, siguiendo esa tradición, considero que la propagación de las ideas fundamentales de El Capital es una tarea imprescindible para los socialistas. De hecho, Marx pensaba que una vez que se establecieran los principios científicos, sería relativamente sencilla su popularización. Escribía: “… los ensayos científicos que revolucionan una ciencia nunca pueden ser verdaderamente populares. Pero una vez que se ha establecido la base científica, la popularización es fácil” (carta a Kugelmann, 28 de diciembre de 1862). Es el punto de partida de la agitación socialista. Tengamos presente que la agitación, como decía Lenin, consiste en explicar a las masas, de manera sencilla, una o dos ideas fundamentales (o sea, es algo más que andar con un megáfono gritando una consigna; o mostrar una cara linda para que la voten).
En definitiva, lo que hice en la entrada anterior fue popularizar algunas ideas de Marx y Engels sobre la jornada de trabajo y la desocupación. Aunque se ponga nerviosa mucha gente, sostengo que El Capital sirve no sólo para los días de fiesta. Y que el mejor homenaje que podemos hacerle, a 150 años de su primera edición, es acercar, de la manera más clara y popular posible, sus ideas críticas y subversivas a los más amplios círculos.

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domingo, 9 de julio de 2017

La tercera posición peronista nos muestra su profunda verdad: no había ninguna opción totalitarismo-democracia, sino una polarización entre dos totalitarismos. Por E. Raúl Zaffaroni para La Tecl@ Eñe








Derechos Humanos versus totalitarismo corporativo

Por E. Raúl Zaffaroni para La Tecl@ Eñe






El derecho internacional de los Derechos Humanos surgió formal y tímidamente a partir de la Declaración Universal de 1948, para ir cobrando volumen mediante tratados multilaterales universales y regionales a lo largo de décadas.
       
Este proceso no se inició como una ocurrencia, pero tampoco de calma meditación, sino del miedo de un mundo asustado por la catástrofe que había terminado tres años antes. Se demoró por efecto de la llamada guerra fría que polarizó el mundo y, pese a ella, fue avanzando lenta y dificultosamente, venciendo resistencias.
       
Su objetivo máximo es dar realidad al principio de que todo ser humano es una persona y, por ende, debe ser tratado y respetado como tal.
       
Obviamente que esto es difícil en un mundo en que dos tercios de la humanidad pasa necesidades y un 1% concentra una riqueza equivalente a lo que necesita la mitad más pobre de la población del planeta para sobrevivir o para ir muriendo con paciencia.
       
Además, en un tiempo, por cierto que brevísimo en comparación con el que el homo sapiens lleva andando sobre este planeta (y aún muy breve comparado con lo que llevamos desde que dejamos de ser puros cazadores), agotamos aceleradamente las condiciones de habitabilidad humana del planeta: ensuciamos y cerramos cuartos de nuestra única casa común.
       
La guerra fría terminó, el totalitarismo comunista se implosionó, y ahora avanza sin límites el totalitarismo corporativo de transnacionales. La tercera posición peronista nos muestra su profunda verdad: no había ninguna opción totalitarismo-democracia, sino una polarización entre dos totalitarismos.
       
Se nos escapa la realidad en medio de un mundo de ficción: el totalitarismo corporativo vive en la ficción. En efecto: hemos inventado personas, personas jurídicas, que no son humanas, sino acumulaciones de dinero en cantidades increíbles, que no sabemos a quién pertenece, sus dueños podemos ser nosotros mismos, pero que manejan tecnócratas entrenados para producir más dinero y encargados exclusivamente de hacerlo, so pena de ser reemplazados.
       
El dinero mismo se ha vuelto una ficción: recibimos y pagamos en dólares porque confiamos en que así seguirá siendo, pero nada más. El papel moneda mismo ni siquiera circula en grandes cantidades como tal, sino que se transfiere presionando una tecla.  
       
Esos conglomerados inmensos tienen sus sedes en los países del hemisferio norte. Los políticos de esos países se han convertido en lobbistas y agentes de las corporaciones, que los dominan porque pueden desplazarse horizontalmente cuando quieran, mientras que la política es por naturaleza local. Puede decirse que ya no gobiernan, sólo administran.
       
Esos administradores tienen únicamente el poder de presionar al resto del mundo para debilitarles sus Estados y en algunos casos destruirlos. América Latina es víctima de estas presiones, que debilitan nuestros Estados para modelarnos sociedades con pocos incluidos y muchos excluidos, lo que alguien ha denominado la sociedad 30 y 70.

Ese modelo de sociedad requiere la contención del 70% excluido, que en parte logra con una creación de realidad también de ficción, mediante monopolios de medios de comunicación audiovisuales.
       
Pero como la creación mediática de realidad tiene límites, el totalitarismo corporativo extrema su tecnología de control: nos filman, nos escuchan, los leen, se meten en nuestros hogares, suprimen toda privacidad, nos controlan con cámaras y con drones, generan pánico, miedo ante el terrorismo o ante la delincuencia común, nos fabrican estereotipos de adolescentes peligrosos, nos inventan adolescentes asesinos seriales que no existen, todo para que complacidos aceptemos los controles que cada día nos quitan un pedazo de libertad.  
       
Mas como aún así también este control tiene límites, montan con el mismo pretexto aparatos represivos, que muestran una pretendida eficacia preventiva que no tienen, pero que sirven para contener descontentos y disidentes que se atreven a proyectar una sociedad diferente a la del 30% de incluidos y el 70% de excluidos.
       
Como es dable deducir, este totalitarismo corporativo es por esencia enemigo de los Derechos Humanos. Pretende disfrazarse de liberal, aunque Locke y todos los que pensaron el liberalismo se conmuevan en sus tumbas, porque la única libertad que defienden es la de las corporaciones, es decir, de las personas jurídicas, de las personas de ficción, pero no de las personas de carne, hueso y sangre, cuyo destino –incluso como especie- no se toma en cuenta.
       
Lo que sufrimos hoy en América Latina se inserta en este marco de poder planetario. Estamos viviendo la etapa de colonialismo avanzado que corresponde al totalitarismo corporativo. Somos virreinatos del siglo XXI, sólo que despersonalizados, porque en este totalitarismo, así como nadie es dueño del dinero tampoco lo es del poder: no hay un Hitler ni un Mussolini ni un Stalin, ni siquiera un Franco o un Oliveira Salazar. Tampoco tenemos en la Argentina a un Vértiz y ni siquiera quizá a un Sobremonte. Sólo administradores del sur, chief executivers officers de menor jerarquía, que negocian con los administradores del norte acerca de los detalles de su subordinación. Personajes coyunturales que pasan y van a morar en el olvido, disfrutando de los beneficios obtenidos.          
       
El mundo cambió demasiado rápidamente y esto produce desconcierto, pero no podemos equivocarnos: el momento histórico es diferente a todos los anteriores, porque la historia no se repite, sino que se continúa.
       
No llama la atención en este contexto mundial y regional, en que los Derechos Humanos y su derecho internacional no es más que un obstáculo a eliminar por parte del avance totalitario corporativo, que en nuestro país, la Corte Suprema haya declarado prescriptibles las acciones civiles de reparación por crímenes de lesa humanidad, contrariando la posición de todo el sur del planeta, que conserva la esperanza de reparaciones por los genocidios colonialistas.


"Estamos viviendo la etapa de colonialismo avanzado que corresponde al totalitarismo corporativo... No llama la atención en este contexto mundial y regional, en que los Derechos Humanos y su derecho internacional no es más que un obstáculo a eliminar por parte del avance totalitario corporativo, que en nuestro país, la Corte Suprema haya declarado prescriptibles las acciones civiles de reparación por crímenes de lesa humanidad."

Tampoco llama la atención que la misma Corte Suprema, violando el derecho internacional y el propio constitucional, variando inconsultamente su jurisprudencia pacífica, en una causa en la que ni siquiera debía pronunciarse, se haya proclamado intérprete de la Convención Americana de Derechos Humanos, decidiendo cuándo y cómo habrá de cumplir con las decisiones de los órganos jurisdiccionales internacionales.
       
Compagina perfectamente con el avance del totalitarismo corporativo la idea de que los tratados internacionales incorporados a la Constitución Nacional en función del inc. 22º del art. 75º, son derecho prestado y de segunda categoría.
       
¿Qué otra cosa puede pensarse de las expresiones injuriosas y difamatorias del Presidente hacia la justicia laboral y los abogados laboralistas? ¿Se erige en el continuador de la Corte Suprema de la oligarquía, que se negó a tomar juramento a los primeros jueces laborales? Recordemos que fue una de las imputaciones por las que se removió a sus ministros en el juicio político de 1947 (la otra importante fue la acordada de setiembre de 1930). El Presidente no ha tenido ni siquiera la elemental hipocresía de disimular lo que piensa: reclama jueces propios. ¿Por qué no propone la disolución del fuero laboral y volver a la justicia civil, por ser más liberal e igualitaria?
         
No podemos dejar de mencionar el nuevo Plan Cóndor judicial. Ya no se mata, se secuestra ni se manda al exilio a los líderes o posibles líderes, ni se proscriben partidos, sino que en el Mercosur se trata de excluir a todo dirigente popular peligroso para los programas del totalitarismo corporativo por vía judicial, valiéndose de jueces adictos, estrellas o atemorizados. Tal es el procedimiento seguido o intentado con Cristina, con Lula y con Lugo y, ahora parece que hasta se lo intenta con Pepe Mujica.


Cierta sorpresa causa la insólita sentencia del famoso dos por uno, porque en verdad, a juzgar por Chile y otros países, los genocidas de la etapa anterior del colonialismo fueron usados y luego, terminada su labor, el totalitarismo corporativo los consideró contaminantes y se desentendió de su destino. Sin duda que ese intento fue una muestra más de regresión en materia de Derechos Humanos, pero que debe mover a reflexión acerca de nuestros folklóricos personeros de ese totalitarismo. Tal vez algunos sean más agradecidos que otros respecto de sus predecesores en anteriores etapas de colonialismo. No obstante, la reacción inmediata del oficialismo de turno puso distancia de semejante agradecimiento y dejó a la intemperie a la mayoría de su propia Corte Suprema.
       
A todo esto debe agregarse el papelón internacional que sufrimos todos los argentinos con la detención puramente política de Milagro Sala. No se trata de un gobierno, sino de nuestra imagen como Nación en el concierto internacional. Un juego partidista mantiene esa detención en un feudo dominado por un gobernador del que no puede prescindir el oficialismo de turno sin una crisis interna, cuando constitucionalmente correspondería la intervención federal. El testigo de cargo más importante contra Milagro es uno de sus empleados, y la manipulación del Superior Tribunal de la Provincia no deja de ser un escándalo mayúsculo, sin contar con la complacencia de alguna cámara federal obediente.
       
Lamentablemente, la regresión en materia de Derechos Humanos no se detendrá. El oficialismo marcha hacia un nuevo e inevitable ajuste y tiene sólo dos fuentes: nuevo aumento de las tarifas y ANSES. Cualquiera de los dos temas lesionará más Derechos Humanos de los más humildes y, finalmente, alcanzará a la clase media aturdida por el bullanguero espectáculo televisivo.
       
Pero los pueblos no se quedan quietos. Latinoamérica toda se pondrá de pie nuevamente, no es la primera vez que sufrimos el colonialismo y esta etapa totalitaria también habrá de superarse. El camino de los Derechos Humanos se retomará, sólo que debemos cuidarnos de las provocaciones: los veteranos debemos cuidar y advertir a los más jóvenes, que por suerte no han conocido momentos de represión.