FRASE DE EDUARDO GALEANO

EL ARTE Y LA CIENCIA EN UN DIÁLOGO ENTRE DOS SILENCIOS

sábado, 3 de diciembre de 2011

CUANDO EL COLEGIO CALASANZ ERA UNA FIESTA - (Cuento) Autor: Gustavo Marcelo Sala




Los Tiempos del Cura Emilio Tortajada

El Prefecto

Estimo que los mundos personales comprendidos durante el lapso de tiempo que se demoraba en recorrer la distancia que separaba el salón de clase de la prefectura eran proporcionales al sentimiento que deberían vivir los condenados a la guillotina en las aciagas jornadas de la revolución francesa. Enfrentar con ocho o diez años a semejante autoridad nos hacía más pequeños aún e infinitamente frágiles; deslumbrados por historias de terror sobre niños que nunca volvieron a ser lo mismo, que encontraron en los pasillos de la reprimenda factores y elementos que modificaron sus vidas por siempre.
Lindera a la oficina de la prefectura moraba una oscura y angosta escalera, paso obligatorio hacia el patio principal. En una de sus columnas, delgadas líneas carmesí, definitivamente secas, descendían desde el techo dibujando un cauce terrorífico y siniestro. Imposible evitar asociar esos dos exiguos arroyos bermellón con el derrotero sanguinolento de algún infeliz cuyo mayor pecado fue transgredir la instancia de una norma ciertamente inexpugnable. Dicha imagen predisponía al condenado a manifestar sensaciones horrorosas cuando los últimos pasos lo acercaban taxativamente hacia la siempre cerrada e invulnerable oficina en donde el Prefecto esperaba en su interior cumpliendo con intensa satisfacción su laboriosa, ardua y comprometida tarea de Magistrado.
El Cura Emilio Tortajada era el encargado de analizar los casos de indisciplina dentro del nivel primario en el Colegio San José de Calasanz de la ciudad de Buenos Aires. El establecimiento educativo estaba ubicado en la intersección de las Avenidas Directorio y La Plata del barrio porteño de Caballito. Institución religiosa perteneciente a la orden de los Escolapios. Sus beatos agregaban a los votos de castidad, obediencia y pobreza comunes a todas las órdenes católicas, la ofrenda por la enseñanza y la formación de los jóvenes. Calasanz, de origen Aragonés, había sido fundador en España, hacia fines del siglo XVI, de las primeras escuelas pías a favor de la contención de los niños marginados del sistema posfeudal por entonces dominante. Dos o tres colegios más, distribuidos por el territorio nacional, completaban la presencia escolapia en nuestro país. Recuerdo al Cristo Rey de Rosario y alguno que otro en Córdoba. Obviamente que ninguno de ellos admitía como posible una concepción mixta en cuanto al género humano. Por 1970 el Instituto San José de Calasanz comprendía la totalidad de la manzana determinada por las avenidas mencionadas y las calles Senillosa y José Bonifacio; sólo una YPF de esquina cercenaba parte de la cuadrícula, Poseía además un fantástico predio en la localidad de Canning en el partido de Ezeiza, distante aproximadamente cuarenta kilómetros en dirección sudoeste de la capital.  Este hermoso complejo, el cual llamábamos “La Quinta”, ocupaba unas quince hectáreas y era de uso exclusivo para alumnos y exalumnos, tanto a escala primaria como secundaria, el convenio incluía libre acceso para sus familiares. Una comisión de padres, autodenominada UPAYAC, administraba el sitio con las dudas que toda autarquía posee. Los sábados era utilizada por el Colegio a propósito de las actividades físicas y recreativas extracurriculares planificadas por el mismo Cura Emilio, mientras que los domingos era de dominio y albedrío de la mencionada asociación.
Hace poco menos de un mes pasé por allí luego de treinta años. Volvía a mi pueblo desde Buenos Aires en el camión de hacienda de un vecino que suele hacer el recorrido desde Mataderos cortando por Canning, empalmando con la Ruta 6, luego la 41, para terminar en la 3 a la altura de San Miguel del Monte. Quinientos kilómetros más: Coronel Dorrego...
Me costó reconocerla; la pude sospechar, llamativamente oculta, entre “Countrys” y centros comerciales. No poseía identificación institucional por lo cual no puedo asegurar que siga perteneciendo a la entidad. Su camino de toscas prolijamente arbolado de añejos eucaliptos cerrados en altura me resultó tan familiar como extranjero su exterior. La irrespetuosa modernidad había desterrado el boliche que estaba enfrente, donde tomábamos una medida de caña Legui poco antes de los mañaneros y gélidos partidos de fútbol invernal.
Además, la entidad, contaba con el dominio de un predio de cinco hectáreas en la localidad de Camet, dentro del paisaje Marplatense. Este se utilizaba para experiencias de supervivencia o camping planificado. Durante un tiempo se aprovechó el ejido para el mítico viaje de egresados que los alumnos de séptimo grado organizaban al finalizar el ciclo lectivo.
El Cura Emilio portaba la propiedad distintiva de una personalidad que abrumaba a propios y extraños. Este hombre de casi un metro noventa, tez aceitunada y mirada penetrante, fue sin ningún tipo de dudas, ideólogo y motor de los instantes más notables que le permitió a toda una generación la conformación de valores éticos que se pudieron descubrir y aprehender por la simple visualización de sus actos. De lunes a viernes era el estricto censor de nuestros peores modos. Sabíamos que el encuentro con el Prefecto era el execrable destino que el establecimiento nos tenía preparado para la rendición de nuestras cuentas pendientes. A ese hombre no se le podía mentir, embaucar o engañar. Nos conocía a la perfección. Su sotana exageradamente larga, casi tallada al cuerpo, anteojos de grueso marco y un andar ciertamente marcial no dejaban apreciar su auténtica juventud. El natural tono de voz no precisaba de firmezas adicionales. Calculo que por entonces debería estar circulando por los cuarenta años. Y digo calculo porque cuando uno es chico no sabe demasiado sobre estimaciones etarias, rangos de madurez y todas esas cosas...Un dato alentador para tal presunción radicaba en que nuestras madres, enmarcadas dentro de esa cohorte, solían buscar las más torpes excusas para entrevistarse con el Cura ante cualquier suceso o tema menor. Preferían hablar con él antes que con las Maestras. Sospecho que idealizar, desde la femineidad, una figura “prohibidamente lujuriosa”, desde lo moral y cierto pacaterismo, resultaba una experiencia nada desdeñable.
Permanecer sentado frente a Emilio escuchando sus pautas futuras resultaba un ensayo imborrable. Esto sucedía luego de estar un buen rato de pie, en la puerta de su oficina de Prefecto, aguardando por la entrevista. Los condenados moraban, cabeza gacha, esperando su suerte sin solicitar clemencia alguna. Vienen a mi memoria varios sucesos verdaderamente aleccionadores.
El primero de ellos sucedió cuando cursaba mi segundo grado.

Manzano


Por aquellos tiempos, razones laborales obligaban a mi familia a que permaneciese en la Institución durante el transcurso del mediodía haciendo uso de formato medio pupilo que se brindaba para tales problemáticas. El encargado del comedor, en cuanto a su orden y disciplina, no era otro que el propio Cura. Adosaba a su tarea preceptora la revisión final, mesa por mesa, a fin del cumplimiento del principal objetivo de la empresa: la correcta alimentación de cada alumno. El ambiente coloquial del almuerzo exponía susurros y cientos de diálogos aislados; risas y bromas era el común denominador de esa apacible y distendida hora. En la cabecera del salón, sobre una tarima superior, se alzaba la mesa del Prefecto, la cual compartía con su lugarteniente Cevallos y el Cura Heredia. El trío de escolapios despachaba su menú con entusiasmo, acompañados de la siempre presente botella de vino Zumuva Blanco a la que daban cuenta íntegramente sin ningún tipo de culpa y menos de piedad. El anciano Rector Alfaro no solía participar de estos convites. Dos ceremonias se repetían a diario sin solución de continuidad; al rezo previo agradeciendo al patrono y a Dios el pan nuestro de cada día se sumaba, a la finalización del banquete, la vigilante revisión del Prefecto para verificar que todos los alumnos hubiesen completado su ración. La recorrida era minuciosas y exhaustiva. Aquel que no cumpliera con el trato sabía que su futuro destino sería permanecer de pie contra la pared del patio durante el recreo largo del postalmuerzo, mientras el resto disfrutaba de los interminables partidos de fútbol que el mismo Cevallos arbitraba.
En cierta oportunidad el menú constaba de un filete de merluza rebozado, con puré como guarnición. Concreto es que me costó muchísimo finalizar con el plato del día, jugando la gaseosa un baluarte trascendental para cumplir con el compromiso asumido. De inmediato un estado de somnolencia determinó que me quedara totalmente dormido en mi propio lugar de comensal. Un compañero de mesa, dos años mayor, decidió como solución a sus dilemas existenciales cambiar su plato por el mío; como consecuencia de ello y ante la sorpresa de la situación fui a dar a la pared antes mencionada sin entender el por qué de la cosa. Hubieron de pasar algunos minutos hasta poder relacionar lo acontecido. Las risas jactanciosas de ese tal Manzano y su entorno, a poco que pasaban por las cercanías de mi penitencia, era un dato que no se podía soslayar. El patio, cuya superficie estaba construida irregularmente, daba la impresión haber sido edificado por etapas, comprendiendo una extensión de unos cincuenta metros de ancho por setenta de largo que incluía una hermosa cancha apta para Fútbol ocho. Transversales a esta se alzaban dos más para Fútbol cinco, llamado por entonces Baby, y en una suerte de nave adicional se levantaba un predio para ejercitar Básquet en superposición con otro solar para la práctica de Handball. La pared de la ignominia daba espaldas a la Avenida Directorio. Era usual y cotidiano ver volar balones por sobre el alambrado protector. Balones que con destino incierto solían terminar siguiendo los recorridos de los vehículos que tropezaban con ellos. Mencioné como inciertos sus recorridos debido a que la Avenida Directorio, por aquel entonces, era de doble mano. Pasados quince minutos de cumplimiento de la pena observo que el Cura Emilio se acerca a mi posición. El hombre era tan grande físicamente que su sombra me resultó gratificante ante el despiadado sol del mediodía. Cierta angustia, temor y deseos de justicia se mezclaron dentro de mi pequeña figura; era el momento para aclarar las cosas. Tortajada me llamaba Salita. Sala era mi hermano, dos años mayor que yo. Se acercó a paso firme, sin contradicciones. El sol había desaparecido tras su titánico y oscuro contorno.
-    Dígame Salita, ¿fue Manzano verdad?... Consultó y sentenció al mismo tiempo. El Cura había puesto atención a las burlas de los mojigatos.
-         No sé Padre. Me quedé dormido.
-          Despreocúpese y vaya a jugar, espero pueda disculparme.
Lo auténtico es que, a partir de ese día, no volvimos a gozar de la presencia de Manzano en nuestra mesa. El Cura lo reubicó en un grupo de mayores y muy cercano de su vista y control. Jamás tuve la desagradable tarea de volver a cruzarme con él. Con el tiempo me enteré que los chicos del grupo habían ratificado las sospechas del Prefecto desenmascarando al miserable. Años después Emilio me confesó que a partir de ese día desarrollaría por mi un afecto y un respeto particular; fundamentaba su visión en la comprobación que a pesar de mi corta edad mostraba indicios de nobleza al no haber delatado al infractor aún siendo víctima de un injusto castigo. Como mencioné dicha percepción me la confesó años después ante circunstancias similares.

La Calumnia


Ya en quinto grado los ridículos guardapolvos a cuadritos azul y blanco habían dejado paso a otro modelo no menos ridículo color té con leche. Cambiaba cierta cosmética, por suerte el contenido continuaba imperturbable. Durante la primavera de ese año nuestros docentes a cargo acuerdan organizar un día de campo en un recreo privado ubicado en la localidad de Moreno propiedad de un Laboratorio extranjero; Pfizer se llamaba la empresa.
El período había comenzando con la novedad del régimen de Maestro por materia. Matemáticas, Leguaje y Desenvolvimiento poseían su docente calificado, específico y titular. Para algún desprevenido quiero aclarar que esta última asignatura, compleja de caratular debido a que las letras se achicaban misteriosamente a poco de acercarse al margen derecho, concentraba la totalidad de las ciencias sociales más la biología en todas sus ramas.
Por entonces la docente de lengua se hallaba de licencia por cuestiones de salud; su momentáneo reemplazo era un joven y simpático Maestro de rubios cabellos engominados y porte relevante. El pobre desdichado tuvo la mala fortuna de toparse con una banda de curiosos que destrozaron su carrera dentro del ámbito escolapio. La cosa fue así...
Durante el día de la excursión y luego del almuerzo nos conminaron a descansar por grupos hasta nuevo aviso. Esas catervas de malandras estaban escogidas por nosotros mismos, por ende, los diez componentes de mi banda poseían denominadores comunes para estimular la contravención y el pillaje. La cosa es que de modo imperceptible pudimos escapar de tan recoleto sitio en la búsqueda de la aventura que proponía un arroyo lindero en donde descansaban una enorme cantidad de árboles de moras a la espera de ser devoradas. A pocos metros del destino previsto notamos un par de figuras adultas y desnudas amándose apasionadamente ocultos tras la fronda, distantes cuarenta metros del sendero. Nuestra curiosidad preadolescente aportó la necesaria acción descarada para fisgonear la escena que nos proponían los ocasionales actores. La sorpresa ladeó la balanza hacia el sitio equivocado: El ocasional suplente de Lengua acostado sobre una manta color azul sostenía al morocho, sudoroso e inquieto cuerpo de nuestra Maestra de Desenvolvimiento. Los jadeos, por entonces extraños y molestos, acompañaban una función que encerraba el encanto de lo inexplicable. El telón de fondo se puso a tono, poco a poco los rayos del sol iban perforando el bosque mejorando la artística del cuadro. Fuimos testigos únicos y absolutos. Fue bello y siniestro a la vez. Nuestra Maestra era hermosa, pero desnuda, transpirada, con su largo cabello suelto y haciendo el amor, aún más.
Días después la información se filtró y se convirtió en un secreto a voces. El rumor se extendió por todo el Colegio de manera prepotente. De inmediato fuimos acusados de calumniar de modo malicioso a la docente. Sus colegas exigieron a las autoridades del Establecimiento una pronta reparación, la debida retractación y sanciones ejemplarizadoras. Ahí apareció el Prefecto en toda su dimensión.
Resulta que el Cura Emilio había estado ausente durante ese bimestre por causa de uno de los tantos retiros obligatorios que la Orden tiene planificado para su cuerpo de beatos. Había sido enviado a España para resolver comisiones internas y finalizar trámites que le permitirían completar su licenciatura en Matemáticas. Amaba la ciencia y todo aquello relacionado con la excelencia. Su vocación por ambas quedaría plasmada durante nuestro transito por el secundario como Profesor titular de la materia. De modo que nuestro asunto le llegó como peludo de regalo. Su estrategia fue simple y directa. Entrevistar individualmente a cada actor, incluido los docentes involucrados, tomando debida nota sobre dichos y contradicciones de forma tal precisar conclusiones. Lo sorpresivo de su convocatoria impidió acordar nuestros discursos, en consecuencia, ni ellos ni nosotros pudimos armar una suerte de relato conveniente que permitiese deslindar responsabilidades. Para cuando me tocó el descargo el Cura ya había completado un perfil de la situación.

-   Le agradecería me cuente su versión de los eventos – ordenó Tortajada, quien estaba absolutamente crispado; no mencionó mi apellido, menos aún mi apodo –

No tuve otra alternativa que recrearle los hechos tal como sucedieron. La aceptación de una desobediencia inicial al no acatar la recomendación ordenada por los docentes y la posterior aventura de incursionar hacia el bosquecillo lindero en procura de las deliciosas moras que oficiarían de postre. Lo que nos encontramos en el camino no fue provocado ni por nuestra imaginación ni por nuestra intención de calumniar. Sobre los rumores, le confirmé que desconocía la filtración; la resultante de ello era que no tenía el compromiso de hacerme cargo por aquello que desconocía. En lo personal consideraba que mi segura sanción debería incluir sólo la intencionalidad aventurera, fuera de toda responsabilidad sobre el espectáculo del que fui involuntario testigo. El mismo criterio lo hacía extensivo hacia mis compañeros. Su cuestionario incursionó por una decena de temas adicionales: Cómo percibía mi relación futura con el cuerpo docente, principalmente con los directamente afectados; si estaba informado de muchachos que hubieran sentido vergüenza o algo parecido por el repentino descubrimiento; qué sensaciones personales me inspiraban lo visto; y sobre todo que opinaba del evento teniendo en cuenta que nuestra Maestra era casada. Fui el anteúltimo de los entrevistados; cuando me retiré de la Prefectura estaba, en el exterior de la oficina aguardando por su turno, Marcelo Taboada. Seguramente el más díscolo del grupo, pero a la vez portador de un escalón superior de madurez.
Una semana después el Cura Emilio ingresó a nuestra aula. De inmediato le ordenó a la Maestra de turno suspender la clase indicándole que se retire hasta finalizar el módulo. Lo mismo hizo con el resto del alumnado exceptuando a los diez integrantes del grupo. Quedamos a solas con la autoridad que determinaría nuestra suerte. El Prefecto fue claro y taxativo. Todavía recuerdo su directa y mesurada alocución. Demás está aclarar que tuvimos que hacernos cargo por la desobediencia a través de una pena proporcional a la falta cometida. En mi caso tuve que afrontar hacerme responsable de la burocracia que significaba el libro de temas diario y la disponibilidad permanente sobre los corrientes elementos que un docente necesitaba para desarrollar su tarea: tizas, borradores, láminas etc. El resto de mis compañeros sufrieron similares sanciones; todas de carácter participativas y a favor del buen funcionamiento de la entidad. Pero el asombro arribó cuando aprovechó la circunstancia vivida para favorecer el entendimiento clarificando nuestras dudas sobre el prematuro descubrimiento. Comprender que la vida privada se enmarca dentro de contextos y actos que no tenemos derecho ni autorización para juzgar, y que nadie puede sacrificar una dolorosa verdad corriendo el eje de la discusión para justificar conductas propias. Esa mañana nos dejó como mensaje imborrable que la responsabilidad del grupo no fue haber sido testigos de un suceso, sino el de haber interpretado a su modo, casi arbitrariamente, dicha situación juzgándola sin derecho alguno e ignorando todos los elementos que la rodeaba. Obviamente que nuestra edad determinaba una comprensible ausencia de racionalidad sobre comportamientos éticos a seguir. Quienes pedían sanciones extremas pretendían cubrir sus defectos con erratas ajenas y eso, el Cura Emilio, no estaba dispuesto a permitirlo. Luego aprovechó y ante nuestra demanda nos explicó desde la ciencia y la vida aquello que habíamos presenciado. Nuestro suplente de Lengua dejó de serlo y la docente involucrada fue licenciada por varios meses. Nosotros cumplimos nuestras penas y nadie volvió a mencionar el asunto.

El Regreso Futbolero


Al año siguiente mi familia decidió que no continúe en el Instituto Calasanz. Razones económicas y laborales impulsaron un desagradable proceso migratorio hacia el prestigioso Colegio Bernasconi. Emblemático establecimiento educativo porteño dependiente de la Universidad de Buenos Aires. Mi sexto grado se iniciaría con un innecesario e injusto calvario. Dos meses duró mi estadía en la noble institución de Parque de los Patricios; la falta de adaptación y un boletín espantoso provocaron retrotraer los pasos caminados. A mediados de Mayo estaba nuevamente pisando baldosas y playones familiares. Cierto es que hubo una sola persona que recibió la noticia con agrado y alegría: el Cura Emilio. El primer día el Prefecto me acompañó personalmente hasta el aula para darle la buena nueva a mis compañeros. Mi supuesta gracia radicaba en haber sido un destacado futbolista dentro de los menores e infantiles del Colegio. Se suponía que regresaba un refuerzo, en consecuencia, sexto tercera sería más competitiva en el marco de los campeonatos internos. Ni él ni yo dudábamos de la segura bienvenida. Sin embargo para nuestra sorpresa tal fenómeno no se produjo. Mis antiguos camaradas no reconocían como positivo mi regreso; incluso algunos demoraron bastante en dirigirme la palabra. Mi alegría por volver quedó desfigurada. El trío de Maestras se comportó con mesurada contención debido a que tenían un excelente concepto de mi hermano; sospecho que en recuerdo a él fueron un poco más condescendientes conmigo. Debo admitir que Guillermo era un excelente alumno además de un futbolista de excepción. Por méritos propios conservaba una elevada estima, tanto por pares como por todo del cuerpo docente. Lo cierto es que era usual verlo formar parte del “Cuadro de Honor”, instancia de suprema aspiración y orgullo para todo alumno calasancio. Su conducta e ilustrismo me abrieron puertas en más de una ocasión, salvándome de ciertas tonteras muy propias de mi traza. La afirmación de que nunca segundas partes fueron buenas supo valerme de utilidad para que los educadores heredados bajen sus niveles de exigencia. Contrario a lo que se podía suponer sentía un personal orgullo de tal situación viéndola como indiscutiblemente justa; sus esfuerzos merecían sobradamente tales reconocimientos.
En mi caso recuerdo que la única distinción importante que tuve, en el marco del Colegio, fue haber entregado una ofrenda floral en un acto del Día de la Bandera. Dicho mandato lo obtuve por sorteo. Esto es, mi nombre apareció escrito en un papelito que se extrajo desde el interior de una bolsa negra. Fue durante el quinto grado, y juro que lo disfruté.
Volviendo al relato sobre mi regreso es necesario aclarar que el Cura Emilio sintió el mismo desagrado y sorpresa por la actitud de mis compañeros, resultando imprescindible para él determinar las causas que promovían tales comportamientos. Instó a que tuviera calma y que me preocupara por los estudios; el resto lo trataría de esclarecer personalmente.
Cada grado tenía tres divisiones: Primera, Segunda y Tercera. La militancia en alguna de ellas durante el primer grado determinaba el derrotero posterior. De ese modo los vínculos se reforzaban naturalmente. Mi grupo de pertenencia siempre fue Tercera. En ella supe tener amigos, compañeros y discusiones. Era mi ámbito, debido a ello el retorno no podía darse en otro lugar. No entendía lo que sucedía.
Pasadas dos semanas el Cura Emilio me convoca a la Prefectura. Con las normales prevenciones del caso  asumo la orden de inmediato.
Cuarenta años después lo vivo como presente...
-   La cosa es así Salita – comenzó Tortajada – Usted siempre fue el referente futbolístico de la división. El único convocado del grado ante cada instancia de selección para los intercolegiales. Recuerde sus premios en Ferro, Santa Rita, Nueva Pompeya y Lasalle. Parece que este año su grupo ha armado un equipo competitivo debido a la llegada de un nuevo alumno: Fernando Fariza.
-       Si Padre, hablé con él varias veces. “Chucho” le dicen. Me habló del equipo y me comentó que sabía de mí como jugador.
-         Bueno. Hasta allí todo claro - siguió Emilio- . Pasa que el resto de sus compañeros estiman que su llegada romperá dicho orden establecido y que alguno puede correr el riesgo de quedar afuera del equipo. Tenga en cuenta que su grado jamás tuvo la oportunidad de ganar un campeonato interno. Ven esta ocasión como propicia, por ende, su llegada la perciben como un problema.
-         ¿Y qué hago? Usted sabe lo que me gusta jugar.
-         Lo sé. Y lo hace muy bien... Juegue entonces.
-         ¿En dónde?
-     En el equipo B hombre. Demuéstreles en cada partido de práctica su eficacia y utilidad. Aproveche cada clase de Educación Física y espere; hágalo en silencio y humildad, disfrutando del juego y demostrando todo lo que sabe. No sea bocón. Cuando haya preselecciones para representar a la Institución usted estará como siempre en tanto y en cuanto se lo merezca, quédese tranquilo y goce su regreso al Colegio. No es una orden Salita, tómelo como una amistosa recomendación de mi parte.

Evidentemente el Cura Emilio poseía un conocimiento extraordinario sobre nuestras conductas juveniles. Sin ninguna duda dignificaba la tarea del educador. Era notablemente recto y preciso en sus pautas; a la vez poseía un aura tutora y sumamente confiable. Hablaba lo necesario y sus palabras circulaban de manera determinante por nuestras cabezas. Era imposible no entenderlo, sabíamos que el tipo era superior en todos los sentidos.
El tiempo pasó y las cosas ocurrieron tal cual conjeturó. El equipo B de la división se transformó en una dura prueba para el equipo A. En más de una ocasión fuimos claros y firmes ganadores durante las prácticas. Inclusive descubrimos nuevos valores futboleros que nunca habían tenido la generosa oportunidad de mostrarse.
Un par de catastróficas derrotas del equipo A contra los restantes cursos determinaron revisar la situación. Las dos divisiones de sexto grado mencionadas tenían jugadores formidables. Varios de ellos eran titulares indiscutidos en la Selección juntamente con los de séptimo. Tipos como el Bocha Barbieri, El Perro Lamas, JC. Olleros, el Flaco Gómez, D´Alessandro eran fenomenales y alternaban con los Varaka, los De Marco, los Aragonés sin desentonar para nada a pesar de la diferencia de edad. En lo personal varias veces compartí con ellos competencias, pero a fuerza de ser sincero debo admitir que poseían un talento particular y supremo. De todas formas, con esfuerzo y dedicación, trataba de acompañar sin enturbiar la inigualable y casi siempre victoriosa sinfonía futbolera.
Los de sexto tercera estábamos hartos de los bailes que nos comíamos. Si bien, por el momento, yo no estaba participando de las derrotas, las vivía con el mismo dolor de mis compañeros. Justamente el “Chucho” fue el que dio el primer paso y me convocó para hablar sobre el asunto.
-         Hace dos meses que no hacemos más que perder, no aguanto más – mencionó Fariza disgustado - Algo tenemos que hacer Salita.
-         Bárbaro – le contesté- pero yo juego en el B. Los del A son lo que mandan.
-         Eso se puede solucionar sin nos juntamos y hablamos.
-         ¿Vos crees?
-    Eso creo. Ya estuve hablando con algunos. Me parece que se puede.
-         Si vos lo decís. Yo no tengo problemas. De todos modos está en manos de ustedes.
-         ¿Cuento con vos? – me preguntó-
-         Seguro.
-         Quiero que juguemos juntos.
-         Ojalá se pueda.

Lo que Fernando Fariza no sabía es que el problema no era yo solamente. Había muchos chicos del equipo B que estaban en condiciones de pelear por un puesto en el equipo A, más aún, algunos de ellos consideraban tener derecho a ser titulares indiscutidos.
La reunión convocada por el “Chucho” se llevó a cabo en el aula teniendo veintitrés asistentes. Discusiones acaloradas se mezclaron con reproches del pasado. En lo personal mantuve prudente silencio no sólo por estar seguro de mis convicciones, sino además por aquella recomendación que me hiciera el Cura Emilio varias semanas antes. Lo único importante para mí era jugar, A o B daba lo mismo, dentro de la cancha era un pibe feliz. Fariza llevó la voz cantante; por votación el grupo determinó que él sería el Capitán teniendo además plena potestad sobre las decisiones. No estuve de acuerdo y lo manifesté. En realidad expliqué que no me oponía a su capitanía, lo que no me parecía bien es que uno sólo de nosotros tuviera la responsabilidad y el imperio de la totalidad de las sentencias. Prefería para ello un agente justo, imparcial, externo y confiable. El Cura Emilio era, a mí entender, el hombre indicado para ordenar lo que estaba desordenado; él encontraría el modo adecuado para que ninguno de nosotros pueda sospechar sobre alguna especulación o favoritismo que promueva nuevos disgustos. Por suerte la idea no tuvo oposición, siendo el ratificado Capitán el encargado de hablar con el Sacerdote.
Dos días después y en plena hora de Matemáticas el Prefecto ingresó al aula, previa solicitud de permiso a la Docente pegando al costado de la pizarra un aviso bajo el título de IMPORTANTE. Sábado 10.00 horas entrenamiento en la cancha central. Llegado el día, y luego de dos horas de tremenda exigencia física y futbolística, Tortajada determinó las plantillas que conformarían ambos equipos, A y B. Los cambios fueron realmente reveladores. Cinco chicos que estábamos en la B pasamos a la A, de los cuales tres seríamos titulares y los dos restantes suplentes. Sus palabras y decisiones eran respetadas sin que hubiera lugar a la protesta, la conformidad quedó de manifiesto con el clima de cordialidad que reinó luego de la práctica. De aquí en más arribar al triunfo iba a depender solamente de nosotros.
Los primeros resultados mostraron notables progresos competitivos. No sólo pasamos a ser tres los integrantes de la división seleccionados para representar a la entidad en los torneos intercolegiales metropolitanos, además, luego de un par de semanas, sexto primera dejó de ser un escollo insalvable mientras que la poderosísima segunda división debía esforzar sus talentos para vencernos. La cosa estaba mucho más pareja. Los campeonatos internos, que sábado por medio disputábamos en “La Quinta” de Canning organizados por el mismo Emilio, pasaron a detentar marcada incertidumbre. Ya no éramos variable de ajuste de gol average, en más de una ocasión algún puntito resignado con nosotros malhumoraba a los poderosos de siempre. Tarde o temprano caería la ficha. Sabíamos que la empresa era harto complicada y que dependía de ciertos factores que no eran necesarios esperar, había que salir a buscarlos. Debíamos superar a las dos divisionales de sexto y a la tres de séptimo. Dentro de estas últimas había baluartes que muchos años después formaron parte de planteles de equipos profesionales, incluso en algún caso de selecciones nacionales juveniles. El Flaco Varaka, que llegó a jugar en Gimnasia y Esgrima de la Plata, hijo del recordado Puchero; Marcelo Bottari, jugador de Huracán y preseleccionado por Menotti para el Mundial Juvenil de Japón en 1979; Claudio Aragonés, un infierno bajo los tres palos quién supiera llegar hasta la cuarta de Atlanta, y el temible Cabezón Claudio De Marco, quien no pudo trascender futbolísticamente pero que a mi entender era el mejor de todos, un enérgico cancerbero de enorme jerarquía.
Cierto sábado, en los finales del año lectivo, notamos que las divisiones de séptimo concurren levemente diezmadas. Si bien las notorias bestias estaban presentes, mostraron un complemento de jugadores no tan respetables. Las dos de sexto grado, a esa altura del año, no presentaban problemas irreparables. Los partidos había que jugarlos y las chances eran equivalentes. Ese día el Cura Emilio viajaba circunstancialmente en nuestro mismo micro, el número 12, conducido por Juan Carlos. Todos partíamos de la puerta del Colegio a las ocho en punto de la mañana en dos o tres ómnibus afectados para el encuentro estudiantil. Por entonces doce coches, ya uniformados con esmalte naranja por disposición ministerial, comprendían la totalidad de la plantilla que respondía a la Institución para el diario servicio de traslado de los alumnos. A la cita de los sábados generalmente asistían el número12 de Juan Carlos, el número 3 de Enrique y el número 11 de Pablo. En alguna ocasión el 8 de Pedro era también convocado a modo de auxilio. Cada uno tenía capacidad para 30 chicos por lo cual el cuatro micro constituía una grata eventualidad.
A medio camino, a la altura del rulo que dibuja el Puente 12 sobre la Ricchieri el Cura Emilio se nos acercó al asiento doble que compartíamos con el “Chucho” Fariza y en voz baja nos dice:  “Señores es hoy o nunca”. Lo taxativo de la afirmación nos recorrió la piel de modo erizarnos perturbadoramente debido al peso de la prevención. Si él tenía esa percepción deberíamos hacer honor a semejante signo de confianza. El fixture era armado, durante el viaje, entre Emilio y Cevallos. Como ambos oficiaban de jueces debían coordinar horarios para que todo se desarrolle en tiempo y forma. Había que tener en cuenta la esperada rueda de penales, el almuerzo, la siesta, la merienda y el chapuzón en la pileta como festejo colectivo en honor del Campeón al final del día.
Los partidos tenían una duración de sesenta minutos divididos en dos tiempos de treinta con un descanso de cinco. Apenas llegados al predio y acomodados los bolsos y atavíos personales se procedía a la lectura del organigrama de actividades con el correspondiente reparto de camisetas. Recuerdo que aquel día nos tocó la blanca con un par de finas rayas rojas laterales, similar a la que por entonces lucía Argentinos Juniors como divisa alternativa.
Dos zonas de tres equipos, todos contra todos; los ganadores de cada zona jugarían la final. El diseño no nos favoreció en absoluto. Nuestra zona estaba compuesta por sexto segunda y séptimo tercera, mientras que por la otra llave medirían fuerzas sexto primera y los séptimos, primera y segunda. Los pronósticos de turno nos daban por muertos. En corrillos secretos se estimaba que la final de nuestra zona la jugaría aquel de los dos que nos convirtiese más goles. Ese “ahora o nunca” del Cura nos otorgó la suficiente autoestima para afrontar la empresa con suma dignidad y coraje. Quedamos afuera del primer encuentro, debíamos esperar, nuestros antagonistas se enfrentarían en primera instancia. Un ridículo y aburrido uno a uno conversado de antemano determinó la obligación de salir a ganar a como de lugar. Debíamos tener en cuenta dos puntos importantes: En nuestro primer encuentro sería fundamental aprovechar el cansancio del representativo de sexto segunda, y como elemento esencial para el segundo encuentro estaba en no dejar pasar la oportunidad de aguantar bien armaditos en el fondo explotando la coyuntura que los de séptimo tercera participaban con algunos titulares ausentes.
Yo vi por primera vez las lágrimas de Lamas y de Olleros luego del lapidario tres a uno. La experiencia fue irrepetible. Peleamos cada pelota dejando jirones, corrimos, marcamos y jugamos en forma criteriosa y sostenida, impusimos un juego físico y vertiginoso, los asfixiamos en todo los sectores de la cancha y cuando recuperábamos el balón abríamos el juego de modo extender los recorridos que nuestros rivales debían cubrir. Aprovechar la velocidad del “Chucho” y sus diagonales resultó nuestra carta ofensiva más punzante. En el medio rompimos toda posibilidad de circulación rival cortando su atildada generación. Nuestra defensa aportó el valor agregado de una heroicidad notable en los momentos críticos, en sintonía con un arquero siempre atento y seguro. En este caso vale mencionar que cada divisional de sexto grado tenía la posibilidad de contar con un refuerzo del Primer año del secundario de modo equiparar fuerzas con los mayores. En aquella ocasión mi hermano Guillermo ofició de portero, siendo determinante en el resultado final. Luego de las felicitaciones del Cura Emilio volvimos a nuestra concentración en procura de diseñar la estrategia futura. Lo más complicado estaba por venir.
La otra zona ya tenía su finalista. Séptimo segunda había ganado cómodamente sus dos partidos y se perfilaba como firme candidato. El Cabezón De Marco era su estandarte y Capitán. Un recio zaguero central de impecable cabezazo que potenciaba talentos cuando la cosa venía mal parada. Además de ser el dos titular del seleccionado era el representante de salto en alto en las competencias intercolegiales. Fui testigo, en algún certamen de atletismo en Ferro, de su enorme pericia como saltador.
A nosotros nos faltaba escalar la cima más alta. Séptimo tercera poseía la destreza y la locura de Claudio Varaka. El tipo admiraba a Hugo Orlando Gatti, por aquel entonces arquero de Gimnasia Esgrima de la Plata y figura notable del fútbol argentino. El hijo del Puchero fue el jugador más espectacular y divertido que vi en mi vida. Le gustaba ocupar la portería emulando a su ídolo y desde allí armaba descomunales apiladas llegando hasta el área rival a gambeta, amague y velocidad pura. Su problema era la vuelta y lo sabíamos. Tanta confianza se tenía que mostraba una soberbia bastante irritante. Esa debilidad lo colocaba por debajo del Cabezón en mis preferencias futboleras de entonces.
El partido dio comienzo justo al mediodía siendo el Padre Cevallos el Juez del encuentro.
Nuestro rancho fue cascoteado a voluntad; los tipos bromeaban ante el éxito de cada lujo. Entre el cansancio por el rigor del partido recientemente ganado y el talento del rival no dábamos pie con bola. Nuestra meta de máxima era llegar al mediotiempo para delinear la táctica e incorporar hombres de refresco que aplaquen la enorme diferencia existente. El cero a cero del primer tiempo fue una suerte de revelación o profecía. Digamos que se debió más a la irresponsabilidad del rival y a las tapadas magistrales de Guillermo, que a méritos nuestros. Deambulábamos en la cancha, parecíamos ánimas sin destino cierto, encima nos cargamos de amarillas, pegamos demasiado, no había modo de marcarlos lícitamente.
Los cambios del entretiempo nos permitieron la cuota de oxígeno necesario para afrontar una segunda etapa que sería aún peor debido a que nuestro rival tenía la obligación de ganar para clasificar finalista. El empate nos favorecía.
A los cinco minutos de reanudado el juego una doble pared entre el Loco Claudio Varaka y el Colorado Agustín Pérez terminó con el balón deslizándose suavemente hacia la red a treinta centímetros de la pierna derecha de Guillermo. Séptimo tercera, en forma mansa y elegante, se estaba clasificando para la final. Nos miramos con terror suponiendo que al entrar el primero de los goles los restantes serían un mero trámite para nuestro antagonista. Pero el fútbol contiene momentos e instancias impensadas. El menoscabado Estudiantes de La Palta de aquel entonces demostraba con creces y resultados que ante la superioridad había que agregar esfuerzo y convencimiento para la obtención del objetivo de máxima. De inmediato notamos que nuestro adversario no agredía. Se conformaba con lujos y sofismas para la tribuna. La misma estaba compuesta por nuestra recientemente derrotada comparsa de sexto segunda y su filial de sexto primera. Vale decir que el conjunto de sexto grado no deseaba que un representante de ellos pasase a la final. Creo que eso nos dio la necesaria fuerza para entender el juego. Debíamos esperar con templanza el error. Los soberbios suelen distraer sus defensas debido a que sospechan no precisarlas. Continuaron divirtiéndose un buen rato; sus ocasionales hinchas estaban felices y gozaban del espectáculo. Cada jugada del Loco era aplaudida a rabiar. Justamente esa fue la llave que nos depositó en la final. Faltando tres minutos para finalizar del encuentro, el Loco Varaka sale de su área de modo habitual, sonriendo, relatando sus tonteras y con pelota dominada; con certeros amagues y un juego de cintura maravilloso deja a nuestra línea de marca ofensiva sin asunto. La tribuna deliraba. Evidentemente portando arrogantes visiones volvió sobre sus pasos para reiterar lujos y milagros a pedido de sus fanáticos. Fue en ese instante que determinó, por voluntad propia, su amarga fortuna. En uno de sus festejados recortes y a veinte metros del arco el “Chucho” Fariza le logra pellizcar el balón; el mismo queda boyando sin destino cierto debido a que ambos cayeron como consecuencia de la fricción. Lo único que se me ocurrió, en posición de ocho, fue pegarle de una, por arriba y apuntando al centro de la cancha. La pelota ingresó lastimosamente, bote mediante, por el corazón del arco haciendo callar a los cipayos que pocos segundos antes disfrutaban de nuestra derrota. No tuvimos tiempo para festejos. El Loco Varaka tomó personalmente el balón y se apresuró a reanudar el juego. Fueron dos minutos feroces en donde la pelea fue el común denominador. Inmediatamente le hice personal y no la volvió a tocar. Cada vez que intentaba entrar en juego lo amarraba, lo maltrataba, impidiéndole progresos o acercamientos eventuales, utilizando buenas y malas artes, lo mismo daba. El uno a uno final determinó nuestra clasificación para el partido más importante del torneo. La cita era a las tres de la tarde en la cancha central; el Cura Emilio sería el Juez. Minutos después de que sonara el silbato de Cevallos, el Loco Varaka se me acercó y me dio un abrazo. Su rostro mostraba singular tristeza; a media voz me dijo – me alegro por vos Salita, jugaste un partidazo. Ahora espero que salgan campeones por primera vez, voy a hinchar por ustedes -.
Nos fuimos a almorzar a nuestro sector de concentración montados entre cantos y bromas varias, incluyendo dedicatorias puntuales. Las palabras del Loco me sonaron a premio. Uno de los mejores no sólo me tenía en cuenta, también me estaba hablando de fútbol.
El Cura Emilio nos felicitó por el despliegue y estuvo un rato festejando con nosotros. Nos recomendó disfrutar el momento y que descansemos para la final. Debemos admitir que ésta se desarrolló con cierta dosis de fortuna a nuestro favor. A los diez minutos de comenzado el partido, De Marco, el formidable y recio zaguero central de séptimo segunda, tropezó con una insalvable lesión muscular que lo obligó a retirarse del campo de juego, además la extemporánea dureza de su lateral izquierdo provocó su inmediata expulsión, de modo que a menos de veinte minutos la suerte del juego estaba casi definida. El dos a cero del final no fue sorpresivo para nadie teniendo en cuenta nuestro despliegue, concentración y las contingencias adicionales. Por primera vez éramos campeones absolutos de la competencia interna de mayores. La maravillosa jornada se completó con la obtención de la esperada rueda de penales que el Cura organizaba a modo de colofón y excitante entretenimiento. Era una instancia muy divertida para el exclusivo protagonismo de los arqueros. Ese día nuestro as de espadas estaba encendido, Guillermo tapó cuatro y fuimos los más efectivos en los disparos. La posterior vuelta olímpica se vio engalanada por una auténtica y sincera alegría colectiva. Promediando los festejos recuerdo que Tortajada me levantó enjuto y sin mediar trámite alguno arrojo mi cuerpo, vestido aún de futbolista, a la pequeña piscina que por entonces estaba destinada a los infantiles. El resto de mis compañeros multiplicaron el rito. Lo botines y la indumentaria sostenían la humedad propia de una secuencia tan desmesurada como merecida. El Cura Emilio, nuevamente, nos había enseñado el camino para la obtención de lo deseado, procurando dejar de lado inútiles desacuerdos, permitiéndonos disfrutar del momento, dando lo mejor de cada uno a favor del compañero y por sobre todo respetando pautas establecidas; sabiendo que toda victoria sabe mejor cuando se obtiene con amigos, cuando el espíritu y la conciencia logran descansar en paz. Durante el crepúsculo, de regreso de la fiesta sabatina, los cánticos y los gritos continuaron en el Micro, hasta que el cansancio determinó su cruel impacto. A la altura del Camino de Cintura estábamos todos dormidos. Sospecho que el Cura Emilio, desde su primer asiento, sonreía satisfecho.

Un ´Estate en Canning


Tortajada era un escolapio por excelencia. Su voto adicional lo cumplía a la perfección. Tuvo que librar cruentas batallas contra la comisión de padres para organizar las colonias de verano en “La Quinta” de Canning. Su tarea y responsabilidad no concluía con la finalización del ciclo lectivo. Su pretensión era disponer del predio con el objeto de utilizarlo a favor de los alumnos en actividades deportivas incluyendo destrezas recreativas. La idea era proyectar, de lunes a viernes, un aprovechamiento integral del campo de forma tal complementar la tarea educativa y formativa desarrollada durante el año. Esa indescifrable comisión denominada UPAYAC (Unión de Padres y Alumnos Calasancios) no veía con agrado la insistencia del Prefecto. Imagino que la razón de tal oposición radicaba en cierta avaricia por ostentar, casi privadamente, la exclusividad del predio liberalizando instancias para su utilización y eventual lucro. Por fuera de estos miserables egoísmos, durante un par de años el Cura Emilio logró su cometido, teniendo en lo personal la suerte de participar de la experiencia en ambas ocasiones.
La cosa estaba organizada de esta manera: Todas las mañanas, de lunes a viernes y durante tres semanas, los inscriptos debían presentarse en las puertas del Colegio a las siete treinta en punto. De allí partirían los Micros que una hora después depositarían al grupo en “La Quinta” de Canning. Una vez allí y conformados los grupos de pertenencia comenzaría el desarrollo de las actividades planificadas por el mismo Cura. Éstas variaban desde las eminentemente deportivas hasta las de recreación y aventura: Caminatas por senderos vírgenes y escarpados, aprovechar los añejos y enormes árboles de eucaliptos para el diseño de una arquitectura digna del Sherwood de Robin de Loxley, armado de refugios utilizando materiales naturales, asumir reales y rigurosas condiciones de supervivencia eran algunas de las diligencias más esperadas por el alumnado. Demás está aclarar que el fútbol y las actividades recreativas en el natatorio centralizaban las expectativas de la mayoría, y más teniendo en cuenta que tanto Emilio como Cevallos participaban de ambas con suma predisposición. El almuerzo y la merienda eran tiempos obligados para la coincidencia y la camaradería. Momento aprovechado por el Cura Emilio para establecer mecanismos de integración y simbiosis. Tengamos en cuenta que concurrían chicos de todos los grados y todas las divisiones, en consecuencia muchos de los asistentes no tenían confianza mutua. Solía fomentar para ello el arte a través del armado de peñas, buen modo para minimizar ciertas dosis del retraimiento y timidez. El talento de Cevallos con la guitarra acompañaba cada instante de recreo. El piberío a pleno, bajo el quincho principal, recibía la vianda establecida mientras las canciones de Alberto Closas y María Elena Walsh decoraban el momento. El comedor de “La Quinta” prestaba ese eficiente servicio a muy bajo costo por lo que no valía la pena proveerse de canasta propia. Cada bolso entonces se contentaba con abrigar un par de zapatillas como refuerzo, la malla, una toalla y algún que otro abrigo previsor ante la inesperada fresca veraniega de la tarde-noche.
En repetidas ocasiones y con la excusa de retirar personalmente a sus hijos no pocas madres, conduciendo sus propios vehículos, se arrimaban al predio en horas de la tarde, pasada la merienda. La verdadera y oculta razón no era otra que regodear sus fantasías con la olímpica estatura del Prefecto. El Cura era portador de una estampa digna de escultor; fibra y músculo sudoroso asoleándose con desmesura. Un diminuto y ajustado short deportivo celeste completaba el cuadro que las nobles tutoras estaban dispuestas a atesorar, a espaldas de sus maridos, sin interés ni intencionalidad alguna. Recuerdo que venían portando sillas plegables con el objeto de hallar ubicación preferencial en los laterales de la cancha de fútbol, solar que los Sacerdotes solían aprovechar junto al piberío. Ambos jugaban con nosotros descalzos, uno para cada lado, lo que le daba al juego un sentido lúdico y distendido inolvidable. El resultado era lo de menos sabiendo que el fin de fiesta incluía el grito oportuno del Prefecto para iniciar la vertiginosa carrera en dirección a la pileta. Sabíamos que el último en llegar sería arrojado desde las alturas de los extensos brazos del Cura. Creo que no debo aclarar que para las madres tal modificación en la actividad recreativa significaba un grato proceso migratorio hacia el natatorio.
Cuando el mal tiempo imponía presencia se organizaban múltiples torneos de Damas, Ajedrez, Truco y Escoba de Quince. En estos días se potenciaban las artes. Los trabajos de pintura y dibujos eran posteriormente expuestos, por varias semanas, en las carteleras del hall principal del Colegio durante el año lectivo. Las tres semanas transcurrían a toda velocidad asumiendo el cruel desencanto de los que se sabe fugaz, aceptando que el final es el común denominador de todo lo conocido.

Triste, Solitario y Final... 
Entre Raymond Chandler y  Osvaldo Soriano

La ausencia del Prefecto determinó el comienzo de nuestro séptimo grado. Nos llamó la atención su alejamiento, sentimos con incomodidad que su voz no nos diera la bienvenida al año escolar que estaba por comenzar. El Cura Cevallos tampoco estaba presente. Entendimos que algo había cambiado y nadie nos había consultado al respecto. Caras y voces extrañas se apropiaron de los pasillos y de los patios. Otros Curas, otras sotanas, otros modos de caminar. El comedor se transformó en depósito de atavíos para mantenimiento y “La Quinta” ya no formaba parte de la currícula sabatina. Sospecho que por temor a ser maltratados ninguno de nosotros se animó a preguntar por su suerte. La Prefectura mutó a mapoteca y la tristeza se adueñó de cada uno de nosotros cuando circulábamos por sus cercanías. Alguna vez espié por entre los cortinados para saber si su ausencia no constituía una broma de mal gusto. De aquello aún permanecían, como testigos, esos dos lúgubres hilos bermellón que bajaban desde el techo por la pared lindera a la oscura y angosta escalera que moría en el patio central. Desde ese año debíamos pagar para ingresar al predio de Canning, abonarse para acceder a la pileta, y reservar turno, previo arancel, para jugar a la pelota los viernes por la tarde en nuestro solar de diario recreo. Aparecieron así empresas y comercios de la zona compitiendo por el espacio deportivo en franco antagonismo con nuestros deseos juveniles. La colonia de vacaciones fue asesinada y los micros finalizaban sus recorridos en la puerta de la entidad. Una de las Maestras a cargo me comentó, meses después, que el Cura Emilio tuvo que volver a España a instancias de la Orden para finalizar su doctorado en Matemáticas. Recuerdo haberle preguntado por qué no terminar sus estudios aquí, en Buenos Aires. La pobre no supo que contestar; evidentemente la coloqué en un aprieto. Eso me indicaba que existían razones que no debía ni podía revelar.

Dos años después y ya cursando mi segundo año del bachillerato, siempre dentro del mismo ámbito educativo, lo reencuentro como docente de Matemáticas. Íbamos a ser alumnos de su amada asignatura, de modo que me predispuse de la mejor manera en su honor y en gratitud por las inmejorables enseñanzas y experiencias vividas, eventos todavía frescos en mi memoria.
Desde el primer día lo noté distante y extraño, diría que extranjero, portando un semblante alejado y una oblicua manera de mirar. No parecía detentar el mismo tenor de voz; estimé que su memoria había sido castigada por tantos alumnos y un centenar de heterogéneas vivencias. No me afectaba dejar de ser “Salita”. Yo no era el mismo, él tampoco, el modelo del Colegio menos aún. Terminada la hora se retiraba a su dormitorio sin mediar palabra. La lectura y la oración formaban parte del presente. Lo percibí mortificado, divorciado de su vocación, como un revolucionario preso dentro del cuerpo de un burócrata. En cuanto a la exigencia no había duda que era el mismo de siempre. Esto quedaba plasmado en el nivel de demanda que nos proponía como metodología de clase; al término del segundo bimestre veinticinco de los treinta alumnos reprobábamos la materia sin excusas ni protesto. Algunos, egoístas y miserables, deseaban que abandonase el cargo a sabiendas de la futura suerte; en lugar de responsabilizarse por propias falencias achacaban su destino a la severidad del Cura. Eran tiempos mezquinos y cargados de malicia. El Colegio comenzó a poblarse de alumnos que con dudosas charreteras pasaban de año aprobando asignaturas sin mérito ni esfuerzo. Luego de la inactividad invernal no lo volvimos a ver; su reemplazo fue otro sacerdote, pero de disímil perfil: más cándido e impreciso, menos exigente, un tanto indolente y ciertamente tedioso. Al final del curso ninguno se llevó la asignatura. Nadie más preguntó por Emilio, desdichadamente algunos ingratos llegaron a afirmar que su retiro había resultado provechoso. Por 1980, siendo ya exalumno, alguien me comentó que el motivo de su clausura se debió a una severa enfermedad mental habiendo terminado sus días gravemente alienado en un Monasterio de la Orden ubicado en las serranías cordobesas, al igual que el Segismundo de Calderón en La Vida es Sueño. Dicen que se dejó morir, negándose a recibir alimento. Nunca le dispensé identidad cierta a tal hipótesis. Me afilio a creer en la idea que oscuros intereses lo alejaron de su hábitat natural y más aún al enterarme que el Profesor Chavarri, titular de música y continuador de su ideario ético y formativo, había sido relevado por motivos políticos. Evidentemente el Instituto San José de Calasanz complacía con sumo agrado la voluntad de los censores de turno. Parecía que por entonces la fuerza de los subsidios superaba ampliamente todo compromiso ético y moral. Una impresentable comisión de exalumnos se apropió de la organización de los campeonatos de Fútbol en Canning, torneos fuertemente arancelados y a medida de particulares necesidades. Al mismo tiempo la Unión de Padres de horrible sigla transformó las populares instalaciones de la entidad en un club de elite. Las primeras terciarizaciones edilicias a favor de negocios privados comenzaban a delinear sus irreversibles y futuras siluetas. Súbitamente “La Quinta” empezó a disfrutar de nombre propio y tranqueras obturadas, todo debía gestionarse, la libertad había sido abandonada en uno de los viejos protocolos de la Orden. Gerenciamientos varios terminaron con el patio central y con el Camping marplatense. La modernidad “al palo”, y con ella algunos de nuestros muertos eligieron pedir licencia y entregarse en estado de ostracismo y orfandad a saludables lecturas pasadas de época. 
Si bien el Colegio Calasanz era una entidad privada, contaba con una significativa masa de concurrentes de los sectores medios bajos que por razones laborales preferían hacer el sacrifico en pos de la doble escolaridad que la entidad ofrecía en contraposición con la asistencia simple mayoritariamente extendida en la educación estatal. Su cuota mensual no era abusiva y poseía un amplio sistema de becas muy bien tabulado por los señores  Iturrieta y Fiore, Tesorero y Secretario respectivamente. Eficientes y indestructibles encargados de la cuestión. En oportunidades confundían su roles y peleaban más que las propias familias por la obtención del beneficio, más allá de ciertas incomodidades que debíamos soportar los alumnos producto de reclamos muy poco elegantes sobre involuntarias morosidades. Recuerdo que ya en cuatro y quinto año cada vez que uno de ellos ingresaba al aula el “pagá Tano, pagá, era el grito habitual y descomedido por parte de la caterva. El pobre Tano, sonrisa mediante, se incorporaba con presteza, tomaba el aviso de reclamo asintiendo la falta con el mejor de los semblantes.
Retomando la historia, todo aquel andamiaje se había desvanecido por completo. Aquellas eran otras instancias, no sé si mejores o peores, otras. El dinero y el interés no eran motivo de insalvable conflicto, quizá jugaba como figura relativa. Recuerdo que cuando tuve que emigrar por cuestiones económicas el mismo Cura Emilio le ofreció a mi Madre interceder a nuestro favor para alivianar los costos tratando de conciliar un programa arancelario posible de afrontar. Pocos años después y ante el fallecimiento de mi Padre, a instancias de los antes mencionados obtuvimos dicho beneficio sin mediar solicitudes ni engorrosos pedidos.

Nos tocó estudiar y formarnos en una época muy triste de la historia de nuestro país. De todas formas uno supo capturar ciertos signos de indudable belleza interior. A propósito recuerdo al Señor, con mayúsculas, Horacio Halfon, nuestro querido Profesor de Historia. Allá por 1976, poco después del comienzo del ciclo, deviene el golpe cívico-militar que derrocó al Gobierno Constitucional Justicialista, días antes se había muerto mi Viejo. Estábamos en tercer año y la programática lectiva a desarrollar durante el ciclo sería Historia Argentina. El texto de Drago sería nuestra base de estudio. Desconozco si lo había escogido él o era una de las tantas imposiciones de entonces. Eran momentos de infructuosas valentías; así como había desaparecido ERSA, desaparecían personas. Días después del golpe el Profesor, ante la consulta de una fecha determinada, extrae del bolsillo de su saco de imperceptibles cuadrillos marrones de distinta tonalidad su cartera personal; de ella emerge un almanaque cuya imagen era sostenida de cara al alumnado: El perfil de Eva Perón se nos presentaba silenciosamente, sufriente y dando testimonio sobre una coyuntura que no entendíamos. El “Profe” no nos estaba dando una clase curricular, nos estaba esbozando una valerosa declaración de principios que nunca, en lo personal, pude olvidar.

En tiempos del Cura Emilio el Colegio Calasanz de Caballito era una fiesta, una isla tal vez. Y creo suponer que cada integrante de aquella generación que protagonizó esa celebración estará de acuerdo conmigo. Es probable que mi enorme admiración hacia Tortajada configure un relato ciertamente subjetivo y ordinario. Pues que así sea entonces; es mi vulgar y morosa manera de agradecerle. Ojalá que cuando el destino escriba el último renglón, de la última hoja del libro de mi historia personal haya sido merecedor de semejante y altruista formador.

                                                                                    Gustavo Marcelo Sala
                                                                 Estación José A. Guisasola – El Perdido
                                                                 Partido de Coronel Dorrego – Buenos Aires – Argentina
                                                            Año 2009



22 comentarios:

  1. Debe haber tantas historias de Emilio Tortajada, como alumnos tuvo el colegio. Yo recuerdo que estando en 7mo grado con la Señorita (señora) Marta, un día enrtó el cura para entregar los boletines, y sin mediar explicaciones, me dijo que tuviera mucho cuidado, porque podría ser que en el secundario me ganara la simpatía del alumnado, pero con seguridad, me ganaría la antipatía del profesorado. Hoy a los 58 años, no he podido enterarme de los motivos que lo inspiraron para semejante estupidez. No se si terminó loco en un monasterio, pero si fue así, fue después de haber colgado la sotana. Lamento no poder compartir el cariño demostrado en la nota.

    ResponderEliminar
  2. El cura Emilio Tortajada Gomis no terminó loco ni mucho menos. Es una alta autoridad dentro de los Escoplapios en España. (Poner su nombre completo en google y aparece)Yo me enteré hace poco de su destino definitivo. Tengo 51 y siempre tuve la curiosidad de saber que se había hecho de ese hombre tan particular, tan estricto y tan compinche a la vez. El cuento como tal tiene mucho de ficción, fantasías que dejan de serlo a partir que están adentro de uno y son plasmadas literariamente.

    ResponderEliminar
  3. Lo recuerdo al cura Emilio tal cual el cuento, soy un año menor hoy tengo 50 años y al igual que vos gozaba de cierta simpatia de su parte por haber el conocido antes a mi hermano mayor, en cuanto a su destino tenia entendido que habia colgado los hábitos pero evidentemente no fue asi. QUE GRANDE EL MONO HALFON EN LA FOTO Y FERNANDEZ (Matematicas) !!! SOLO FALTA PEREZ (Biologia)que fallecio creo en el 82 u 83.

    ResponderEliminar
  4. JB

    Si usted tiene 50 años lo invito a que lea en este mismo espacio: Colegio Calasanz, Piedad y Letras(1978-1979). Sospecho que la historia le sonara más familiar aún.
    Pregunta ¿Nacional o Comercial)

    Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. En mi caso, soy egresado ·81, habiendo hecho también la primaria con los escolapios... E igual que el autor de éste espacio, siempre milité en la Tercera teniendo como compañeros a excelentes futbolistas.Hay recuerdos imborrables de la quinta de Cánning en la época del cura Emilio.

      Eliminar
  5. Perdon por tardar tanto en contestarte, Comercial egresado en el '79, lei la historia y me resulta tan familiar como real, asi eran las pruebas de religion y literatura con la preciosa llave pasando de curso a curso, realmente leer tus dos cuentos me han hecho recordar mi transcurso de toda la primaria y secundaria por el calasanz -desde primer grado a quinto año- de leer apellidos de alumnos que me resultaban familiares, la quinta, los partidos, lo del laboratorio Pfizer !!!! yo recuerdo aquella salida!!!!!, el mono Halfon, el cura Clemente ... como si lo viera ahora caminar leyendo su libro por el aula, su pasado falangista cualquiera que supiera de la guerra civil española lo adivinaria -mi padre tambien español, antifascista y combatiente por la republica hasta el exilio se encargo de mostrarme otras ideas-, como tuviste precisiones de su accionar en la falange ? Por el titulo Piedad y Letras 1978-1979 tambien egresaste en el 79 ? Un saludo. Juan Belvis

    ResponderEliminar
  6. El P. Emilio fue maestro mío en los Escolapios de Getafe (Madrid-España)durante los años 90 y les puedo asegurar que guardaba un gran recuerdo de Argentina.
    Un cura muy distinto a los demás, quizás incomprendido, pero del que mejor recuerdo tengo.
    Se retiró en Santander y a día de hoy no sé si sigue vivo.

    ResponderEliminar
  7. En este enlace podéis ver fotos del P. Emilio en 2012

    https://www.facebook.com/groups/47284733570/?ref=ts&fref=ts

    ResponderEliminar
  8. bueno, es un poco difícil escribir sobre alguien tan temido como admirado y reverenciado, mas aun cuando mas historias se contaban en casa a la hora de la cena, ya que mi madre, "la señorita Marta", siempre fue por demás una persona comunicativa y sobre todo en el ámbito familiar. Yo era pequeño todavía, pero recuerdo verlo pasar por los pasillos del patio de columnas del cole y sufrir una especie de pánico repentino que solo desaparecía cuando la distancia del cura me permitía ver nuevamente el camino despejado. Es decir, le tenía un miedo atroz. Sin embargo y con el paso de los años, mirando la vida y los recuerdos como un adulto, repensando esa etapa una y mil veces, tomé otra dimensión del padre Emilio, que da la casualidad que es tocayo de mi padre, mi ateo padre, con el que no paraba de discutir sobre cuestiones religiosas cada vez que tenía oportunidad. Supe cuanto le hicieron pasar sus "compañeros" de orden, tanto en Argentina como en España, las bajezas a las que fue sometido, muy poco cristianas por cierto, lo indoblegable de su carácter y esa dignidad de espíritu que soportó lo indecible en pos de la educación y el ideal cristiano, no el institucional sino el personal. Creo que desde la perspectiva de los cuarenta largos una palabra que puede definir mi credo con respecto al padre Emilio es simplemente admiración. suerte y hasta otra.

    ResponderEliminar
  9. Daniel

    ¿Tu mamá, la Señorita Martha, era la profesora que en séptimo daba matemáticas?
    De ser así, te cuento que guardo por ella un grato recuerdo.
    Ha sido muy tolerante conmigo. Incluso, junto a María Inés Ildarraz, me ha dado clases particulares cuando me costaba adaptarme al Bernasconi. Cosa que dos meses después se solucionó cuando ambas convencieron a mi vieja para que vuelva al Calasanz. Abrazo

    ResponderEliminar
  10. Fui al Calasanz desde 1971 a 1977, de primero a séptimo grado. Recuerdo a un cura Emilio en primero y segundo grado, quien siempre creí que era el director, luego se fue y llegó Cirilo I. Caminos.
    Durante esos 2 primeros grados fui un poco revoltoso y el día que no caía en dirección el cura Emilio venía al grado para ver que había pasado. También recuerdo haberme trepado una vez a un aro de básquet y no poder bajar, el cura Emilio tuvo que treparse para socorrerme.
    También tuve en 6to y 7mo grado (1976/77) a las maestras Marta y María Inés, junto con Cristina.
    Tengo muy gratos recuerdos de mi paso por el colegio, compañeros y amigos de mi división, otras divisiones y otros grados con los que a veces nos cruzamos. En este caso bien vale la expresión... Toda una vida...

    ResponderEliminar
  11. Recién descubro éste blog y te agradezco, Gustavo Marcelo Sala, por traer al presente una época tan grata de la vida... Recuerdo estar todos formados en el patio de honor, en 1974, y de repente ver al cura Emilio aparecer despacito por alguna baranda del segundo piso... quieto congelado, observaba la formación, mientras tanto Cortelesi nos daba órdenes de firmes y atención etc, a los gritos, como si eso se transformara por unos minutejos, en un cuartel... Soliamos decirle "el fantasma", al cura Emilio cuando aparecía de ese modo, y tal vez por la sotana, pero parecía más alto... Joven, resuelto. cuando no andaba con sotana se vestía con ropa deportiva y fomentó el deporte -sobre todo el fútbol- entre nosotros, los alumnos... verlo con adidas y haciendo toques, era como tenerlo a Beckembauer en el colegio...
    Luego, en el secundario, hay muchos recuerdos con otros curas, Clemente, Julio, Alfarito etc...
    Un saludo fraternal a todos los ex alumnos de Calasanz Buenos Aires!

    ResponderEliminar
  12. Fui alumno del Padre Emilio cuando iba a 1º de ESO en el curso 2001/2002 en el colegio PP. Escolapios de Santander a los pocos años después se jubiló.

    Mi experiencia con el era un anciano que contaba su vida en las clases se enfadaba cuando algunos alumnos se reian de él. Era un profesor muy exigente nos ponía examen todas las semanas de matemáticas.

    ResponderEliminar
  13. Estimado Gustavo Sala por esas cosas de la internet caí en este sitio y ante mi sorpresa volvieron de algun rincon de la memoria aquellos días del colegio Calasanz, fui egresado en 1971 y recuerdo al Cura Emilio en toda su magnitud vuestras enseñanzas. Un tipo firme y calido,fuerte y compañero con la palabra justa en el momento oportuno.. Recuerdo la vez que en el gimnasio vino la troup de martin karadajian y sus Titanes en el ring y luego de las luchas payasescas , nos subimos al ring casi todos los pibes ... hasta que el silbato fuerte como el de un transatlántico hizo que instantaneamente quedara desierto el cuadrilátero.. Luego de terminar la primaria y por esas cosas de los padres fui al Colegio nacional Mariano Moreno y dejé de ver a aquellos buenos y grandes amigos Tambien las adorables maestras Noemí, Marta,Inés y la que siempre recuerdo en forma especial .. La Seño Maria del Carmen a la cual regrese algunos años mas tarde para saludarla , pero ya no estaba entre las docentes.. nunca pude dar de vuelta con ella y he olvidado su apellido.. tal vez algun ex alumno me pueda hacer llegar alguna noticia de quien fuera mi mejor maestra..
    Una vez mas pasé por el colegio pero ya no estaba el padre Emilio y no era lo mismo al igual que aquella oscura época... Muchas gracias " Salita " por tan grato recuerdo y exquisito relato del gran Colegio Calasanz y su inefable Padre Emilio... saludos Gustavo Castagna

    ResponderEliminar
  14. Estuve ese día de Titanes en el Gimnasio más otros sábados de Kermese. A mi no me dio el cuero para subirme. Veía enorme a esos tipos, me daban miedo. María del Carmen fue una de mis maestras de quinto (alta delgada, tez aceitunada, muy bonita), si no me equivoco daba Desenvolvimiento. Recuerdo que quedó embarazada y no volvió por la escuela. Por allí también vas a encontrar el comentario que hace Daniel Rodriguez Teissaire hijo de la Señorita Marta. Por ejemplo María Inés Ildarraz fue mi profe particular tiempo después estando en la secundaria.
    Año 71. Yo debería andar por quinto y mi hermano en séptimo. Él solía ser habitué del cuadro de honor, quien suscribe, apenas su admirador y heredero de su fama. Como nunca segundas partes fueron buenas las maestras me la hacían bastante livianita en honor a él. El Cala era una fiesta durante los tiempos del Cura Emilio... Un abrazo y gracias por la visita y me alegro que hayas pasado un buen momento ..

    ResponderEliminar
  15. Con todos ustedes... el padre Emilio Tortajada, en diciembre 2012
    Gran docente, gran persona y gran educador. Ya esta retirado en la residencia de escolapios mayores en Madrid, con alzheimer. Desconozco si sigue vivo a dia de hoy..

    https://scontent-b-ams.xx.fbcdn.net/hphotos-ash3/t1/66747_10200228093206237_1793651293_n.jpg

    ResponderEliminar
  16. Hice la primaria en El Colegio recibiéndome en el 76. Guardo los mejores recuerdos del padre Emilio aunque no tanto del padre Felix. Los partidos en el patio eran lagloria y los viernes de Acción Católica lo mejor.
    La quinta se llamaba San Agustín y la pasábamos bárbaro!.
    Todavía me acuerdo de mis compañeros Segovia, Paulo Diana, Eugenio Blanco, D

    ResponderEliminar
  17. Estimado "Salita":
    Soy egresado en el 69, o sea 10 años antes que vos. En primer lugar te agradezco los gratos recuerdos que tu relato ha evocado en mi memoria. En segundo lugar, quiero decirte que coincido en algunos aspectos con la descripción que hacés del Cura Emilio, pero a mi juicio te faltó mencionar que en compensación de las virtudes que le asignás, en buena medida ciertas, el Cura Emilio era también un perfecto (no prefecto) sádico. Mirá, nobleza obliga, voy a recoger el guante en homenaje a un querido compañero y amigo personal, hasta que tristemente falleció hace ya 10 años, llamémoslo E.C., porque no sé si él querría aparecer identificado por nombre y apellido; lo que sí sé y me consta es el odio profundo y resentimiento que sentía por el Cura Emilio. Estarás de acuerdo que el sacerdote era un amante de la perfección en todas sus manifestaciones -yo creo que él mismo en su intimidad se consideraba perfecto- y resulta que este compañero y amigo era tartamudo. Pues vieras vos cómo se ensañaba el cura, la vergüenza que le hacía pasar adelante de todos nosotros, que como imbéciles adolescentes que éramos, encima festejábamos, como si el pobre E.C. tuviese la culpa de su defecto de dicción que, para colmo, cuanto más nervioso se ponía, más se agravaba hasta el punto de no poder pronunciar ni siquiera su apellido.
    Por suerte E.C. se murió creyendo en la versión que corría, y en la que creíamos todos: que el Cura estaba internado loco en Córdoba y nunca sabrá que, por lo menos hasta hace muy poco, estaba vivito y coleando en España, en Santander.
    En lo personal no le guardo ningún rencor; a mí me tenía en buena consideración porque aunque era "malo" en lo deportivo en general y en el fútbol en particular, era muy bueno con los "números" y materias técnicas, y eso él lo valoraba. Tampoco lo pondría, y de hecho no lo pongo en un pedestal como has hecho vos en tu "cuento". Te envío un cordial saludo.
    Juan Carlos Capra

    ResponderEliminar
  18. Juan Carlos Capra

    Conozco varias de estas historias. El hombre se pasaba de rosca. Creo que mezclaba exigencia con dureza de manera ciertamente desmedida. Por eso cuento sobre el terror que significaba para nosotros ir a Prefectura. Me ocurrió un par de veces cuando cursaba 2do grado. Por ejemplo. En invierno te dejaba en el pasillo de su oficina un buen rato esperando, con los pantaloncitos cortos y si gaban, y vos veías que tras la cortina no había nadie más que él. Todavía siento el tremendo frío que corría... Abrazo y agradezco tu atención a favor de estas historias.

    ResponderEliminar
  19. Sr. Sala, soy madre de 2 niños que asisten actualemente al Colegio Calasanz. Y estoy ESPANTADA. Discriminan a niños por el largo del flequillo, en el curso de mi hijo, que asiste a 1er grado no le permitieron salir en la foto a un compañero porque argumentaban tenía el pelo largo, lo cual no era cierto. Se separa a los niños que no tienen la campera comprada en el único local que autoriza el colegio y que extañamente tiene un sobreprecio de las que se ofrecen en otros negocios. No comunica nada a los padres y los mantiene bien lejos de la institución. Ciertamente no puedo entender que no cambie y siga segregando a niños, porque estamos hablando de niños. He consultado con ex alumnos, lamentablemente tarde, y todos tienen tristes recuerdos. Lo mejor que puedo hacer por mis hijos es sacarlos ya de una institución que agrede y no respeta a la infancia, Dios quiera.

    ResponderEliminar
  20. Me apena lo que me cuenta y sé del caso. Incluso lo hablamos con un viejo amigo y compañero del Calasanz que actualmente vive en Sydney. La noticia llegó hasta allá.
    Acaso el título de la historia sea un fiel reflejo de que los tiempos han cambiado para mal y mucho. Estos problemas que salen a la luz por entonces no existían. Para ley argentina yo era hijo de madre soltera ya que mi Papá era separado, no hubo nupcias religiosas y el lazo marital lo efectivizaron vía Uruguay. Jamás el tema fue factor limitante para mi formación dentro de la entidad ni cuando cursé el primario y menos el secundario. Yo le hablo de la década del sesenta y del setenta señora y de una persona en especial. Hoy Padre sacaría inmediatamente a mi hijo de la entidad, no lo dude. Saludos

    ResponderEliminar
  21. HOLA GUSTAVO, soy Jorge Arbore exCalasanz 1979, publiqué tus cuentos sobre Emilio y Clemente; SON UN GRAN ÉXITO. El grupo es "CALASANZ, EXALUMNOS DE AYER, HOY Y SIEMPRE", está en Facebook, Allí soy Pipo Pescador, te invito a tener "amistad" para poder ingresarte al grupo y puedas aportar de lo mucho que en tu memoria hay. Ahora mismo necesitamos algún relato sobre GALLETA. Espero tus noticias. UN GRAN ABRAZO!!!

    ResponderEliminar